057. NUESTROS HIJOS: ACOMPAÑAR SU CRECIMIENTO

GOZAMOS CON SU NACIMIENTO, ACOMPAÑAMOS SU CRECIMIENTOS, VAMOS APRENDIENDO CON SUS PASOS Y MUCHAS VECES NOS VEMOS SIN ARMAS PARA PODER RESOLVER LOS PROBLEMAS QUE SE PRESENTAN. PERO SOMOS PADRES PORQUE ALLI ESTAN NUESTROS HIJOS PARA QUE CAMINEMOS JUNTOS Y LOS DEJEMOS VOLAR.

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Hay momentos que son claves en la vida de una planta: el primero es el ritual de la siembra, el nacimiento, el trasplante, el milagro de la vida, a través de los diversos medios: es hermoso ver cómo – de un día para otro – en la tierra debidamente preparada va surgiendo la vida nueva.

Pero hay un segundo momento importante: cuando la planta – especialmente los futuros árboles – ya se ha afirmado y comienza el camino de su crecimiento, no basta con remover la tierra y abonarla, regarla en su justa proporción, sino que es necesario sostener su crecimiento con una guía o un tutor que asegure que avanza como corresponde. Uno sabe que la planta interiormente se resiste y protesta: quisiera crecer libremente, sin tutelas, hacia cualquier lado porque el milagro de la vida le permite explotar en brotes y en ramas… pero el tutor es quien le pone la dirección indicada. Con suavidad pero con firmeza es imprescindible sujetar y atar. Esa es la fórmula del crecimiento: darle forma y orientar el desarrollo.

A la presencia del tutor se le agrega la tarea de la poda: es quitar para fortalecer, provocar dolor y privaciones para garantizar que la planta tenga mayor fuerza en su tronco y en sus ramas. La permite obedecer mejor a la forma y dirección que le otorga el tutor.

En ciertas etapas del crecimiento – cuando las plantas son más grandes, más fuertes, más altas – los tutores deben también crecer en fortaleza. Y cuando el tronco pueda mantener la copa por si mismo, se eliminan los tutores y las ligaduras.

Un caso especial lo constituyen las enredaderas o trepadoras porque frecuentemente se cree que son plantas libres, que crecen sin control. Sin embargo, si la trepadora no se agarra sola, tendremos que ir atándola sobre un soporte de madera y alambres a medida que crezca. Es la única manera de asegurar que puedan trepar, enredarse, adquirir formas. Algunas especies encuentran en las paredes o en otras plantas la forma de sostenerse: construyen ellas mismas el tutor y el límite con sus pequeñas raíces. Al hallar resistencia y límites pueden elevarse y crecer.

Cuando observamos el crecimiento de los chicos de diversas edades los asociamos naturalmente al crecimiento de las plantas. Un buen padre, una buena madre no son mas que buenos jardineros que con buenos y estratégicos tutores, con la poda necesaria aseguran el crecimiento hasta que los hijos tengan las alas necesarias para sostenerse solos en el aire y volar el vuelo propio.

02
Nadie me enseñó el oficio. Aprendí a ser jardinero atendiendo a las plantas del jardín. Con cada planta que llegaba o que nacía, con cada crecimiento o dificultad yo fui adquiriendo experiencia. Todos consideran que soy un buen jardinero pero no han sido los estudios ni las lecturas, sino simplemente el tiempo, la experiencia y la observación, porque yo he tratado de apropiarme de lo que fue sucediendo con las diversas plantas para poder aplicar la misma fórmula o aconsejar a quienes me vienen a preguntar.
Hay dos momentos que son claves en la vida de una planta: el primero es el ritual de la siembra, el nacimiento, el trasplante, el milagro de la vida, a través de los diversos medios: es hermoso ver cómo – de un día para otro – en la tierra debidamente preparada va surgiendo la vida nueva. Frágil, bella, ínfima, llena de esperanza y futuro. Uno mira algunos árboles y recuerda aquellos momentos iniciales y no puede creer que la vida y el tiempo hagan tanta maravilla.

Pero hay un segundo momento importante: cuando la planta – cualquiera sea, especialmente los futuros árboles – ya se ha afirmado y comienza el camino de su crecimiento, no basta con remover la tierra y abonarla, regarla en su justa proporción, sino que es necesario sostener su crecimiento con una guía o un tutor que asegure que avanza como corresponde. Uno sabe que la planta interiormente se resiste y protesta: quisiera crecer libremente, sin tutelas, hacia cualquier lado porque el milagro de la vida le permite explotar en brotes y en ramas… pero el tutor es quien le pone la dirección indicada. Con suavidad pero con firmeza es imprescindible sujetar y atar. Esa es la fórmula del crecimiento: darle forma y orientar el desarrollo. En su concepto básico, el entutorado consiste en aplicar la técnica de ir atando diferentes partes de las ramas del sobre otras partes de ella misma u otros objetos como cañas o estructuras generales, que en definitiva nos permita ir dirigiendo la orientación física del desarrollo de la planta hacia una idea preconcebida.
A la presencia del tutor se le agrega la tarea de la poda: es quitar para fortalecer, provocar dolor y privaciones para garantizar que la planta tenga mayor fuerza en su tronco y en sus ramas. La permite obedecer mejor a la forma y dirección que le otorga el tutor.

Sin embargo hay que tener en cuenta algunas cosas: las ramas crecen en grosor con el tiempo, por lo tanto, al realizar el atado de una rama sobre el tutor, debemos tener la precaución de dejar una pequeña holgura entre la rama y este. Si la planta queda aprisionada al tutor termina ahogándose. Sin tutor crece desordenada y sin fuerza. Hay un justo medio entre la sobreprotección que ahoga y el descontrol que termina en abandono y descuido. Conforme van creciendo las ramas no sufrirán ningún tipo de estrangulamiento. De todas formas, periódicamente conviene revisar estas ataduras y en caso de ver peligro se aconseja desatar y volver a atar dejando más holgura. Tanto el tutor como la podan deben servir para dar mas vida, no para matar. En ciertas etapas del crecimiento – cuando las plantas son mas grandes, mas fuertes, mas altas – los tutores debe también crecer el fortaleza.

Pero es necesario vigilar siempre las ataduras y al propio tutor para que no causen estrangulamientos o heridas en las plantas eliminando dichas ataduras y reponiéndolas cada cierto tiempo. Es muy importante también vigilar la posición relativa planta/tutor en relación con los vientos dominantes, a veces es necesario reforzarlos porque pueden provocar la caída de la planta. Y cuando el tronco pueda mantener la copa por si mismo se eliminaran los tutores y las ligaduras, no permitiéndose, como viene siendo regla general, ningún tipo de brotaciones por debajo de la cruz.

Un caso especial lo constituyen las enredaderas o trepadoras porque frecuentemente se cree que son plantas libres, que crecen sin control. Sin embargo, si la trepadora no se agarra sola, tendrás que ir atándola sobre un soporte de madera y alambres a medida que crezca. Es la única manera de asegurar que puedan trepar, enredarse, adquirir formas. Algunas especies encuentran en las paredes o en otras plantas la forma de sostenerse: construyen ellas mismas el tutor y el límite con sus pequeñas raíces o ventosas. Encuentras resistencia y límites, y entonces pueden elevarse y crecer Siempre los tutores son la guía necesaria para el crecimiento, sin ellos la enredadera o trepadora se cae y no logra elevarse y lucir: los tutores nos permiten darle la forma necesaria y llevar a la planta hasta los lugares que deseamos, aunque siempre tengan esa libertad para extender sin ataduras su crecimiento.

A veces, observo los chicos de diversas edades que frecuentan estas plazas, solo o acompañados por sus padres y los asocio naturalmente al crecimiento de las plantas. Un buen padre, una buena madre no son mas que buenos jardineros que con buenos y estratégicos tutores, con la poda necesaria aseguran el crecimiento hasta que los hijos tienen las alas necesarias para sostener solos en el aire y volar el vuelo propio.

03.
Algún día, cuando nuestros hijos hayan crecido, cuando lleguen a la edad justa en la que ya no nos admiren tanto como para perdonarnos todo, ni nos critiquen tanto como para culparnos de todo, en el momento justo en que se vuelvan adultos y dispongan de la lógica justa para entendernos como padres nos gustaría pasarles a limpio todo lo que hicimos para ayudarlos en el camino del crecimiento.

Es por eso que sería bueno que supieran que los amamos lo suficiente como para:

• Habernos puesto siempre de acuerdo con respecto a la educación y el crecimiento de cada uno de nuestros hijos. Podíamos tener otros desacuerdos pero nunca con respecto al bien de ellos.

• Haberles preguntado siempre a donde iban, con quienes salían y a que horas regresarían, y en cada caso dar nuestro parecer al respecto.

• Preocupamos por marcarles un camino, un criterio y señalarles lo que estaba bien y lo que no debían hacer. Y también para hacerles reconocer las culpas y tratar de arrepentirse de las cosas que no eran las adecuadas y para reparar el daño producido.

• No quedarnos callados y hacerles saber – aunque no les gustara – que ciertos lugares o ciertos amigos no eran convenientes, que ciertas expresiones eran incorrectas, que algunas conductas debían corregirse.

• Aguantarnos las protestas, las contestaciones, los llantos, los enojos, el malhumor, los silencios, los portazos cuando recibían de nosotros una respuesta que no era la que ellos aguardaban.

• Muchas veces aconsejarlos, decir o decidir precisamente lo contrario de los que sus compañeros y amigos pensaban, argumentando que sus padres los respaldaban.

• Quererlos no sólo cuando les entregábamos regalos también cuando les pedíamos cosas difíciles, esfuerzos o renuncias, trabajos u obligaciones y les dábamos razones para exigirles.

• Confiar en ellos pero al mismo tiempo estar vigilantes ayudándolos a crecer.

• No hacer nosotros lo que los hijos debían hacer, ni quitarles las responsabilidades porque hubiéramos traicionado el crecimiento de cada uno.

• Cumplir siempre la palabra y las promesas, tanto cuando los premiábamos como cuando los teníamos que reprender o castigar.

Muchas veces nos costaba hacer todo esto, alguno de nosotros dos se desanimaba o quería dar vuelta atrás… pero seguimos convencidos hasta el final que era lo mejor para ellos. No nos resultaba fácil como padres que nos compararan con otros padres que parecían mas simpáticos, compañeros, complacientes, generosos, pero estábamos convencidos de que nuestra tarea, aunque difícil, a la larga traería todas las recompensas. Porque no éramos nosotros los que debíamos triunfar sino nuestros hijos, acostumbrándose a caminar por la senda correcta. No hay ningún secreto: uno siempre cosecha lo que en algún momento ha sembrado, y en la vida de los padres la educación de los hijos es siempre la mejor siembra.

04.
Instalar la cultura del cuidado es la única manera de sobrevivir en un mundo demasiado ancho, demasiado ajeno, inhóspito, sumergido en multiples formas de orfandad. Cuidar al otro, hacerse cargo del otro, protegerlo para sentirse uno mismo cuidado, protegido, respaldado. El cuidado suele tener un saludable efecto bumerang... Uno va hacia a los demás y los demas regresan hacia uno. El cuidado valora al otro, recupera su iniciativa, respeta su pensamiento, se hace cargo de sus defecto, construye a partir de sus defectos, promueve el crecimiento del otro. Sin envidias, sin bajezas, sin traiciones, sin mezquinos intereses. Los otros son nuestra tarea: ese es el imperativo ético de nuestro tiempo. La ética de hoy es la ética del cuidado: de los otros, de la comunidad, del medio ambiente, del mundo todo. Es global pero comienza por el prójimo, por el que nos sale al encuentro o con el que con-vivimos. Se propone grandes cosas pero brota y germina en los pequeños gestos, en las cosas insignificantes, en las palabras esenciales.
En la otra orilla está la cultura del des-cuido, de lo que se deja de lado, se ignora, se saca del medio por molesto, se aniquila. El des-cuidar es cosificar al otro, dejarlo abandonado a tu propio destino, sumergirlo en un mar de sospechas. La casa des-cuidada es la casa abandonada. Una persona des-cuidada es una persona que no se arregla a sí misma (ni por dentro, ni por fuera). La ciudad des-cuidada es la ciudad que ha dejado de ser pública para ser ajena, extraña, amenazante. El des-cuido es dejar de hacer, pero también agresión, desprotección, huida. Des-cuido, des-cuidar, des-cuidado, me descuidé, te descuidate, como al descuido. Los otros no existen, me inoportunan, me molestan, son funcionales a mis proyectos, reemplazables, transitorios, de ocasión. Sin los otros no hay mundo, no hay destino, no hay futuro.