032. FINGIR QUE SE CREE + SAN BUENO MARTIR

LOS SIMULACROS, LOS RELATOS SON NECESARIOS. NO SON VERDADES, NO SON REALIDADES SON MERAS CONSTRUCCIONES, PERO DE ESAS VIVIMOS. EL CURA NO CREE. NO CREE EN LA OTRA VIDA, NI EN LA TRASCENDENCIA, PERO SU HEROISMO CONSISTE PRECISAMENTE EN SEGUIR ENTUSIASMANDO A LA GENTE PARA QUE SIGA CREYENDO, MAS ALLÁ DE SU INCREDULIDAD. NO CREE, PERO SIGUE ALIMENTANDO - COMO SI ESTUVIERA CONVENCIDO - A LOS QUE CREEN Y NECESITAN SU PALABRA Y SU EJEMPLO.

La historia es simple, como son simple las novelas de Unamuno… pero abordando un tema realmente complejo. Una feligresa creyente recuerda la vida y la muerte de Manuel Bueno, a quien el obispo está iniciando el proceso de Beatificación.
Angelina tiene mas de 50 años y ha conocido al Sacerdote y Párroco desde siempre: es el ejemplo de una vida totalmente dedicada a la gente, al pueblo, al prójimo, a Dios. Un sacerdote que había logrado que todo el pueblo creyera y que encontrara en sus manifestaciones de fe, un atractivo especial.
Lazaro, un hermano de Angela, regresa de América y se resiste a aceptar la religión. Pero pronto se hace amigo y confidente del cura, porque misteriosamente los une la misma condición: ambos no CREER EN LO QUE DICEN CREER, pero están dispuesto a simular que creen para no matar la ilusión de nadie.
Para ANGELA el cura es doblemente santo: por su vida y por ese esfuerzo que le hace transmitir con su vida precisamente aquello que no cree.

Una selección de fragmentos, amplia la comprensión del drama interior:

01. PRIMERA ACUSACION: “Mas aun así ni entraba en la iglesia ni dejaba de hacer alarde en todas partes de su incredulidad, aunque procu­rando siempre dejar a salvo a Don Manuel. Y ya en el pueblo se fue formando, no sé cómo, una expectativa, la de una especie de duelo entre mi hermano Lázaro y Don Manuel, o más bien se esperaba la conversión de aquel por este. Nadie dudaba de que al cabo el párroco le lleva­ría a su parroquia. Lázaro, por su parte, ardía en deseos -me lo dijo luego- de ir a oír a Don Manuel, de verle y oírle en la iglesia, de acercarse a él y con él conversar, de conocer el secreto de aquel su imperio espiritual sobre las almas. Y se hacía de rogar para ello, hasta que al fin, por curiosidad -decía-, fue a oírle.

-Sí, esto es otra cosa -me dijo luego de haberle oído-; no es como los otros, pero a mí no me la da; es de­masiado inteligente para creer todo lo que tiene que enseñar. -Pero ¿es que le crees un hipócrita? -le dije.

-¡Hipócrita... no!, pero es el oficio del que tiene que vivir.”

02. REVELAR LA VERDAD: “Y llegó el día de su comunión, ante el pueblo todo, con el pueblo todo. Cuando llegó la vez a mi hermano pude ver que Don Manuel, tan blanco como la nieve de enero en la montaña y temblando como tiembla el lago cuando le hostiga el cierzo, se le acercó con la sagrada forma en la mano, y de tal modo le temblaba esta al arri­marla a la boca de Lázaro que se le cayó la forma a tiempo que le daba un vahído. Y fue mi hermano mismo quien recogió la hostia y se la llevó a la boca. Y el pue­blo al ver llorar a Don Manuel, lloró diciéndose: «¡Cómo le quiere!». Y entonces, pues era la madrugada, cantó un gallo.

Al volver a casa y encerrarme en ella con mi hermano, le eché los brazos al cuello y besándole le dije:

-¡Ay Lázaro, Lázaro, qué alegría nos has dado a to­dos, a todos, a todo el pueblo, a todos, a los vivos y a los muertos, y sobre todo a mamá, a nuestra madre! ¿Viste? El pobre Don Manuel lloraba de alegría. ¡Qué alegría nos has dado a todos!

-Por eso lo he hecho -me contestó.

-¿Por eso? ¿Por darnos alegría? Lo habrás hecho ante todo por ti mismo, por conversión.

Y entonces Lázaro, mi hermano, tan pálido y tan tem­bloroso como Don Manuel cuando le dio la comunión, me hizo sentarme en el sillón mismo donde solía sentarse nuestra madre, tomó huelgo, y luego, como en íntima confesión doméstica y familiar, me dijo:

-Mira, Angelita, ha llegado la hora de decirte la ver­dad, toda la verdad, y te la voy a decir, porque debo de­círtela, porque a ti no puedo, no debo callártela y porque además habrías de adivinarla y a medias, que es lo peor, más tarde o más temprano.

Y entonces, serena y tranquilamente, a media voz, me contó una historia que me sumergió en un lago de tris­teza. Cómo Don Manuel le había venido trabajando, so­bre todo en aquellos paseos a las ruinas de la vieja abadía cisterciense, para que no escandalizase, para que diese buen ejemplo, para que se incorporase a la vida religiosa del pueblo, para que fingiese creer si no creía, para que ocultase sus ideas al respecto, mas sin intentar siquiera catequizarle, convertirle de otra manera.

-Pero ¿es eso posible? -exclamé consternada.

-¡Y tan posible, hermana, y tan posible! Y cuando yo le decía: «¿Pero es usted, usted, el sacerdote, el que me aconseja que finja?», él, balbuciente: «¿Fingir?, ¡fingir no!, ¡eso no es fingir! Toma agua bendita, que dijo al­guien, y acabarás creyendo». Y como yo, mirándole a los ojos, le dijese: «¿Y usted celebrando misa ha acabado por creer?», él bajó la mirada al lago y se le llenaron los ojos de lágrimas. Y así es como le arranqué su secreto.”

03. LA VERDAD DESNUDA: “-Entonces -prosiguió mi hermano- comprendí sus móviles, y con esto comprendí su santidad; porque es un santo, hermana, todo un santo. No trataba al emprender ganarme para su santa causa -porque es una causa santa, santísima-, arrogarse un triunfo, sino que lo hacía por la paz, por la felicidad, por la ilusión si quieres, de los que le están encomendados; comprendí que si les engaña así -si es que esto es engaño- no es por medrar. Me rendí a sus razones, y he aquí mi conversión. Y no me olvidaré jamás del día en que diciéndole yo: «Pero, Don Manuel, la verdad, la verdad ante todo», él, temblando, me su­surró al oído -y eso que estábamos solos en medio del campo-: «¿La verdad? La verdad, Lázaro, es acaso algo terrible, algo intolerable, algo mortal; la gente sencilla no podría vivir con ella». «¿Y por qué me la deja entrever ahora aquí, como en confesión?», le dije. Y él: «Porque si no, me atormentaría tanto, tanto, que acabaría gritándola en medio de la plaza, y eso jamás, jamás, jamás. Yo estoy para hacer vivir a las almas de mis feligreses, para hacer­les felices, para hacerles que se sueñen inmortales y no para matarles. Lo que aquí hace falta es que vivan sana­mente, que vivan en unanimidad de sentido, y con la ver­dad, con mi verdad, no vivirían. Que vivan. Y esto hace la Iglesia, hacerles vivir. ¿Religión verdadera? Todas las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir espiri­tualmente a los pueblos que las profesan, en cuanto les consuelan de haber tenido que nacer para morir, y para cada pueblo la religión más verdadera es la suya, la que le ha hecho. ¿Y la mía? La mía es consolarme en consolar a los demás, aunque el consuelo que les doy no sea el mío». Jamás olvidaré estas sus palabras.

-¡Pero esa comunión tuya ha sido un sacrilegio! -me atreví a insinuar, arrepintiéndome al punto de ha­berlo insinuado.

-¿Sacrilegio? ¿Y él que me la dio? ¿Y sus misas?

-¡Qué martirio! -exclamé.

-Y ahora -añadió mi hermano- hay otro más para consolar al pueblo.

-¿Para engañarle? -le dije.

-Para engañarle no -me replicó-, sino para corro­borarle en su fe.

-Y él, el pueblo -dije-, ¿cree de veras?

-¡Qué sé yo ...! Cree sin querer, por hábito, por tradi­ción. Y lo que hace falta es no despertarle. Y que viva en su pobreza de sentimientos para que no adquiera torturas de lujo. ¡Bienaventurados los pobres de espíritu!”

04. LA VERDAD DE DON MANUEL: Después de aquel día temblaba yo de encontrarme a solas con Don Manuel, a quien seguía asistiendo en sus piadosos menesteres. (…)

-Pero tú, Angelina, tú crees como a los diez años, ¿no es así? ¿Tú crees?

-Sí creo, padre.

-Pues sigue creyendo. Y si se te ocurren dudas, cálla­telas a ti misma. Hay que vivir...

Me atreví, y toda temblorosa le dije:

-Pero usted, padre, ¿cree usted?

Vaciló un momento y, reponiéndose, me dijo:

-¡Creo!

-¿Pero en qué, padre, en qué? ¿Cree usted en la otra vida?, ¿cree usted que al morir no nos morimos del todo?, ¿cree que volveremos a vernos, a querernos en otro mundo venidero?, ¿cree en la otra vida?

El pobre santo sollozaba. -¡Mira, hija, dejemos eso!

Y ahora, al escribir esta memoria, me digo: ¿Por qué no me engañó?, ¿por qué no me engañó entonces como engañaba a los demás? ¿Por qué se acongojó? ¿Porque no podía engañarse a sí mismo, o porque no podía enga­ñarme? Y quiero creer que se acongojaba porque no po­día engañarse para engañarme.

-Y ahora -añadió-, reza por mí, por tu hermano, por ti misma, por todos. Hay que vivir. Y hay que dar vida.

05. MISION COMUN (LAZARO Y EL HERMANO): “Don Manuel tenía que contener a mi hermano en su celo y en su inexperiencia de neófito. Y como supiese que este andaba predicando contra ciertas supersticiones po­pulares, hubo de decirle:

-¡Déjalos! ¡Es tan difícil hacerles comprender dónde acaba la creencia ortodoxa y dónde empieza la supersti­ción! Y más para nosotros. Déjalos, pues, mientras se consuelen. Vale más que lo crean todo, aun cosas contra­dictorias entre sí, a no que no crean nada. Eso de que el que cree demasiado acaba por no creer nada, es cosa de protestantes. No protestemos. La protesta mata el con­tento.”

06. RELIGION Y COMPROMISO SOCIAL Y POLITICO: “Don Manuel bajó la cabeza:

-El otro, Lázaro, está aquí también, porque hay dos reinos en este mundo. O mejor, el otro mundo... Vamos, que no sé lo que me digo. Y en cuanto a eso del sindicato, es en ti un resabio de tu época de progresismo. No, Lá­zaro, no; la religión no es para resolver los conflictos eco­nómicos o políticos de este mundo que Dios entregó a las disputas de los hombres. Piensen los hombres y obren los hombres como pensaren y como obraren, que se consuelen de haber nacido, que vivan lo más contentos que puedan en la ilusión de que todo esto tiene una finalidad. Yo no he venido a someter los pobres a los ricos, ni a predicar a es­tos que se sometan a aquellos. Resignación y caridad en todos y para todos. Porque también el rico tiene que re­signarse a su riqueza, y a la vida, y también el pobre tiene que tener caridad para con el rico. ¿Cuestión social? Deja eso, eso no nos concierne. Que traen una nueva sociedad, en que no haya ya ricos ni pobres, en que esté justamente repartida la riqueza, en que todo sea de todos, ¿y qué? ¿Y no crees que del bienestar general surgirá más fuerte el tedio a la vida? Sí, ya sé que uno de esos caudillos de la que llaman la revolución social ha dicho que la religión es el opio del pueblo. Opio... Opio... Opio, sí. Démosle opio, y que duerma y que sueñe. Yo mismo con esta mi loca actividad me estoy administrando opio. Y no logro dormir bien y menos soñar bien... ¡Esta terrible pesadilla! Y yo también puedo decir con el Divino Maestro: «Mi alma está triste hasta la muerte». No, Lázaro; nada de sin­dicatos por nuestra parte.”

07. ESTA VIDA ES LA DEFINITIVA: Al llegar la última Semana de Pasión que con nosotros, en nuestro mundo, en nuestra aldea celebró Don Manuel, el pueblo todo presintió el fin de la tragedia. ¡Y cómo sonó entonces aquel: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?», el último que en público sollozó Don Manuel! Y cuando dijo lo del Divino Maestro al buen ban­dolero -«todos los bandoleros son buenos», solía decir nuestro Don Manuel-, aquello de: «Mañana estarás con­migo en el paraíso». ¡Y la última comunión general que re­partió nuestro santo! Cuando llegó a dársela a mi hermano, esta vez con mano segura, después del litúrgico «.,. in vi­tam aetemam», se le inclinó al oído y le dijo: «No hay más vida eterna que esta... que la sueñen eterna... eterna de unos pocos años...». Y cuando me la dio a mí me dijo: «Reza, hija mía, reza por nosotros». Y luego, algo tan extraordina­rio que lo llevo en el corazón como el más grande misterio, y fue que me dijo con voz que parecía de otro mundo: «... y reza también por Nuestro Señor Jesucristo...».

08. VIVIR DE UNA ILUSION: “Él, Lázaro, continuaba la tradición del santo y empezó a redactar lo que le había oído, notas de que me he ser­vido para esta mi memoria.

-Él me hizo un hombre nuevo, un verdadero Lázaro, un resucitado -me decía-. Él me dio fe.

-¿Fe? -le interrumpía yo.

-Sí, fe, fe en el consuelo de la vida, fe en el contento de la vida. Él me curó de mi progresismo. Porque hay, Angela, dos clases de hombres peligrosos y nocivos: los que convencidos de la vida de ultratumba, de la resurrec­ción de la carne, atormentan, como inquisidores que son, a los demás para que, despreciando esta vida como transi­toria, se ganen la otra, y los que no creyendo más que en este...

-Como acaso tú... -le decía yo.

-Y sí, y como Don Manuel. Pero no creyendo más que en este mundo, esperan no sé qué sociedad futura, y se esfuerzan en negarle al pueblo el consuelo de creer en otro...

-De modo que...

-De modo que hay que hacer que vivan de la ilusión. “

09. NO TODO SE PUEDE CONTAR: “-No, hermana, no; ahora y aquí en casa, entre noso­tros solos, toda la verdad por amarga que sea, amarga como el mar a que van a parar las aguas de este dulce lago, toda la verdad para ti, que estás abroquelada contra ella...

-¡No, no, Lázaro; esa no es la verdad!

-La mía, sí.

-La tuya, ¿pero y la de...?

-También la de él.

-¡Ahora no, Lázaro; ahora no! Ahora cree otra cosa, ahora cree...

-Mira, Angela, una de las veces en que al decirme Don Manuel que hay cosas que aunque se las diga uno a sí mismo debe callárselas a los demás, le repliqué que me decía eso por decírselas a él, esas mismas, a sí mismo, y acabó confesándome que creía que más de uno de los más grandes santos, acaso el mayor, había muerto sin creer en la otra vida.

-¿Es posible?

-¡Y tan posible! Y ahora, hermana, cuida que no sos­pechen siquiera aquí, en el pueblo, nuestro secreto... -¿Sospecharlo? -le dije-. Si intentase, por locura, explicárselo, no lo entenderían. El pueblo no entiende de palabras; el pueblo no ha entendido más que vuestras obras. Querer exponerles eso sería como leer a unos ni­ños de ocho años unas páginas de santo Tomás de Aqui­no... en latín.”

10. CREER QUE SE CREE: “¡Hay que vivir! Y él me enseñó a vivir, él nos enseñó a vivir, a sentir la vida, a sentir el sentido de la vida, a su­mergirnos en el alma de la montaña, en el alma del lago, en el alma del pueblo de la aldea, a perdernos en ellas para quedar en ellas. Él me enseñó con su vida a perderme en la vida del pueblo de mi aldea, y no sentía yo más pasar las horas, y los días y los años, que no sentía pasar el agua del lago. Me parecía como si mi vida hubiese de ser siem­pre igual. No me sentía envejecer. No vivía yo ya en mí, sino que vivía en mi pueblo y mi pueblo vivía en mí. Yo quería decir lo que ellos, los míos, decían sin querer. Salía a la calle, que era la carretera, y como conocía a todos, vivía en ellos y me olvidaba de mí, mientras que en Madrid, donde estuve alguna vez con mi hermano, como a nadie conocía, sentíame en terrible soledad y torturada por tan­tos desconocidos.

Y ahora, al escribir esta memoria, esta confesión ín­tima de mi experiencia de la santidad ajena, creo que Don Manuel Bueno, que mi san Manuel y que mi hermano Lá­zaro se murieron creyendo no creer lo que más nos inte­resa, pero sin creer creerlo, creyéndolo en una desolación activa y resignada.

Pero ¿por qué -me he preguntado muchas veces- no trató Don Manuel de convertir a mi hermano también con un engaño, con una mentira, fingiéndose creyente sin serlo? Y he comprendido que fue porque comprendió que no le engañaría, que para con él no le serviría el engaño, que sólo con la verdad, con su verdad, le convertiría; que no habría conseguido nada si hubiese pretendido repre­sentar para con él una comedia -tragedia más bien-, la que representaba para salvar al pueblo. Y así le ganó, en efecto, para su piadoso fraude; así le ganó con la verdad de muerte a la razón de vida. Y así me ganó a mí, que nunca dejé transparentar a los otros su divino, su santí­simo juego. Y es que creía y creo que Dios Nuestro Se­ñor, por no sé qué sagrados y no escrudiñaderos desig­nios, les hizo creerse incrédulos. Y que acaso en el acabamiento de su tránsito se les cayó la venda. ¿Y yo, creo?”.

11. INTERROGANTES : “¿Es que sé algo?, ¿es que creo algo? ¿Es que esto que estoy aquí contando ha pasado y ha pasado tal y como lo cuento? ¿Es que pueden pasar estas cosas? ¿Es que todo esto es más que un sueño soñado dentro de otro sueño? ¿Seré yo, Angela Carballino, hoy cincuentona, la única persona que en esta aldea se ve acometida de estos pensa­mientos extraños para los demás? ¿Y estos, los otros, los que me rodean, creen? ¿Qué es eso de creer? Por lo me­nos, viven. Y ahora creen en san Manuel Bueno, mártir, que sin esperar inmortalidad les mantuvo en la esperanza de ella.

Parece que el ilustrísimo señor obispo, el que ha pro­movido el proceso de beatificación de nuestro santo de Valverde de Lucerna, se propone escribir su vida, una es­pecie de manual del perfecto párroco, y recoge para ello toda clase de noticias. A mí me las ha pedido con insis­tencia, ha tenido entrevistas conmigo, le he dado toda clase de datos, pero me he callado siempre el secreto trá­gico de Don Manuel y de mi hermano. Y es curioso que él no lo haya sospechado. Y confío en que no llegue a su conocimiento todo lo que en esta memoria dejo consig­nado.”

12. VIGENCIA DE LOS RELATOS: “Bien sé que en lo que se cuenta en este relato, si se quiere novelesco -y la novela es la más íntima historia, la más verdadera, por lo que no me explico que haya quien se indigne de que se llame novela al Evangelio, lo que es elevarle, en realidad, sobre un cronicón cual­quiera-, bien sé que en lo que se cuenta en este relato no pasa nada; mas espero que sea porque en ello todo se queda, como se quedan los lagos y las montañas y las santas almas sencillas asentadas más allá de la fe y de la desesperación, que en ellos, en los lagos y las montañas, fuera de la historia, en divina novela, se cobijaron.”