034. LOS AMORES EN LOS TIEMPOS DE LA ESPERA

EL AMOR TODO LO AGUANTA, TODO LO ESPERA, EL AMOR PRODUCE TODOS MILAGROS...

INICIO : Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados. El doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entró en la casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencia a ocuparse de un caso que para él había dejado de ser urgente desde hacía muchos años. El refugiado antillano Jeremiah de Saint-Amour, inválido de guerra, fotógrafo de niños y su adversario de ajedrez más compasivo, se había puesto a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro. Encontró el cadáver cubierto con una manta en el catre de campaña donde había dormido siempre, cerca de un taburete con la cubeta que había servido para vaporizar el veneno. En el suelo, amarrado de la pata del catre, estaba el cuerpo tendido de un gran danés negro de pecho nevado, y junto a él estaban las muletas. El cuarto sofocante y abigarrado que hacía al mismo tiempo de alcoba y laboratorio, empezaba a iluminarse apenas con el resplandor del amanecer en la ventana abierta, pero era luz bastante para reconocer de inmediato la autoridad de la muerte. (…) El doctor Juvenal Urbino había pensado más de una vez, sin ánimo premonitorio, que aquel no era un lugar propicio para morir en gracia de Dios. Pero con el tiempo terminó por suponer que su desorden obedecía tal vez a una determinación cifrada de la Divina Providencia.

FINAL: Fermina Daza y Florentino Ariza lo habían oído todo desde la mesa, pero al capitán no parecía importarle. Siguió comiendo en silencio, y el mal humor se le veía hasta en la manera en que violó las leyes de urbanidad que sustentaban la reputación legendaria de los capitanes del río. Reventó con la punta del cuchillo los cuatro huevos fritos, y los rebañó en el plato con patacones de plátano verde que se metía enteros en la boca y
masticaba con un deleite salvaje. Fermina Daza y Florentino Ariza lo miraban sin hablar, esperando la lectura de las calificaciones finales en un banco de la escuela. No se habían
cruzado una palabra mientras duró el diálogo con la patrulla sanitaria, ni tenían la menor idea de qué iba a ser de sus vidas, pero ambos sabían que el capitán estaba pensando por ellos: se le veía en el latido de las sienes. (…)
El viento del Caribe se metió por las ventanas con la bullaranga de los pájaros, y Fermina Daza sintió en la sangre los latidos desordenados de su libre albedrío. A la derecha, turbio y parsimonioso, el estuario del río Grande de la Magdalena se explayaba hasta el otro lado del mundo. Cuando ya no quedó nada que comer en los platos, el capitán se limpió los labios con la esquina del mantel, y habló en una jerga procaz que acabó de una vez con el prestigio del buen decir de los capitanes del río. Pues no habló por ellos ni para nadie, sino tratando de ponerse de acuerdo con su propia rabia. Su conclusión, al cabo de una
ristra de improperios bárbaros, fue que no encontraba cómo salir del embrollo en que se había metido con la bandera del cólera.
Florentino Ariza lo escuchó sin pestañear. Luego miró por las ventanas el círculo completo del cuadrante de la rosa náutica, el horizonte nítido, el cielo de diciembre sin una sola nube, las aguas navegables hasta siempre, y dijo:
-Sigamos derecho, derecho, derecho, otra vez hasta La Dorada.
Fermina Daza se estremeció, porque reconoció la antigua voz iluminada por la gracia del Espíritu Santo, y miró al capitán: él era el destino. Pero el capitán no la vio, porque estaba anonadado por el tremendo poder de inspiración de Florentino Ariza.
-¿Lo dice en serio? -le preguntó.
-Desde que nací -dijo Florentino Ariza-, no he dicho una sola cosa que no sea en serio.
El capitán miró a Fermina Daza y vio en sus pestañas los primeros destellos de una escarcha invernal. Luego miró a Florentino Ariza, su dominio invencible, su amor impávido, y lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites.

EL MOMENTO: Fermina Daza despidió a la mayoría junto al altar, pero acompañó al último grupo de amigos íntimos hasta la puerta de la calle, para cerrarla ella misma, como lo había hecho siempre. Se disponía a hacerlo con el último aliento, cuando vio a Florentino Ariza vestido de luto en el centro de la sala desierta. Se alegró, porque hacía muchos años que lo había borrado de su vida, y era la primera vez que lo veía a conciencia depurado por el olvido. Pero antes de que pudiera agradecerle la visita, él se puso el sombrero en el sitio del corazón, trémulo y digno, y reventó el absceso que había sido el sustento de su vida.
-Fermina -le dijo-: he esperado esta ocasión durante más de medio siglo, para repetirle una vez más el juramento de mi fidelidad eterna y mi amor para siempre.
Fermina Daza se habría creído frente a un loco, si no hubiera tenido motivos para pensar que Florentino Ariza estaba en aquel instante inspirado por la gracia del Espíritu Santo. Su impulso inmediato fue maldecirlo por la profanación de la casa cuando aún estaba caliente en la tumba el cadáver de su esposo. Pero se lo impidió la dignidad de la rabia. “Lárgate -le dijo-. Y no te dejes ver nunca más en los años que te queden de
vida.” Volvió a abrir por completo la puerta de la calle que había empezado a cerrar, y concluyó: -espero sean muy pocos.
Cuando oyó apagarse los pasos en la calle solitaria, cerró la puerta muy despacio, con la tranca y los cerrojos, y se enfrentó sola a su destino. Nunca, hasta este momento, había tenido una conciencia plena del peso y el tamaño del drama que ella misma había provocado cuando apenas tenía dieciocho años, y que había de perseguirla hasta la muerte. Lloró por primera vez desde la tarde del desastre, sin testigos, que era su único
modo de llorar. Lloró por la muerte del marido, por su soledad y su rabia, y cuando entró en el dormitorio vacío lloró por ella misma, porque muy pocas veces había dormido sola
en esa cama desde que dejó de ser virgen.
(…) Sólo entonces se dio cuenta de que había dormido mucho sin morir, sollozando en el sueño, y que mientras dormía sollozando pensaba más en Florentino Ariza que en el esposo muerto.
Florentino Ariza, en cambio, no había dejado de pensar en ella un solo instante después de que Fermina Daza lo rechazó sin apelación después de unos amores largos y contrariados, y habían transcurrido desde entonces cincuenta y un años, nueve meses y cuatro días. No había tenido que llevar la cuenta del olvido haciendo una raya diaria en los muros de un calabozo, porque no había pasado un día sin que ocurriera algo que lo hiciera acordarse de ella.

Mas allá de la discusión acerca de la calidad de la película, el rigor de la adaptación, el armado final de la historia, o la puesta en escena de los momentos claves (creo que esencialmente las obras, los personajes y las expresiones de García Marquez solo funcionan en el castellano hablado en Colombia y se resisten a una versión en Inglés, por ejemplo) el relato de EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL COLERA es un hermoso relato que hace juego con el resto de los relatos de G. Márquez y que sobresale por la insospechada verosimilitud de la historia... pero en realidad todas sus obras exhiben esa cualidad esencial.

Porque lo que FLORENTINO ARIZA descubre tempranamente es la plenitud del amor, el deseo mismo. También lo descubre FERMINA DAZA y juntos rompen con todo tipo de cordura y por un tiempo se sumergen en él. Pero Fermina regresa al mundo de la razón y su largo matrimonio con JUVENAL URBINO le permite acallar la búsqueda del deseo mismo o del amor... mientras que Florentino emplea toda su vida y los fugaces, bien tropicales y carnales amores en confirmar que la satisfacción del deseo es imposible, que el deseo es inalcanzable, que no se deja atrapar que necesita de cierta plenitud. La multitud de mujeres que pasan por sus brazos (cantidad) no llegan a conformar ni siquiera una parte del territorio que espera: FERMINA. Cuando al final vuelve a la carga, anciano, casi sin cuerpo para emplear o gastar, sabe que finalmente se encontrará con el deseo que es - en definitiva - la negación de todos los deseos, la posesión sin posesión, la eternidad. Tal vez sea una de las formas del mismo amor, de todo amor, que busca en una misma persona o en una multitud de personas el rostros del amor, la satisfacción del deseo.

Curiosamente FLORENTINO tiene su fortaleza en la palabra escrita: con ella lo puede todo. Desde el atrevimiento a la seducción: sabe que la melodía de las palabras logran siempre el resultado esperado y confía ciegamente en ella: el juego de las cartas, de los mensajes, de las esquela es un juego perfecto que ese hombre anodido a quien la vida le regala todo pero que no aparente nada sabe aprovechar muy bien: espera contra toda esperanza, alcanza su objetivo, satisface su necesidad de conocer a la mujer deseada a través de todos las mujeres (el universal se identifica con el particular, el todo no es mas que una remota copia de la entidad ideal) y hasta el bienestar económico.

Finalmente el paso del tiempo puede alterar el aspecto de los cuerpos pero en realidad los cuerpos tienen una significación mutua para quienes se encuentran: no son lo que los ojos ven o lo que los sentidos tocan... son los cuerpos del amor ideal y primero, los cuerpo del deseo inalterable.