035. EL JUEGO DE LOS ORACULOS Y LOS ANUNCIOS

ANTICIPAR EL FUTURO PARA CONSTRUIR EL PRESENTE. ADIVINAR EL POR-VENIR. Y EL JUEGO DE LA HERMENEUTICA DE LOS MENSAJES, DE LAS INTERPRETACIONES...

Apolo, morador del Olimpo, era dios del Sol. También se ocupaba de otras materias, una de ellas la profecía. Todos los dioses podían entrever el futuro, pero Apolo era el único que podía brindar ese don a los seres humanos, y estableció así varios oráculos. El más famoso en Delfos: la secerdotisa Pitia (por la pitón que constituía una de sus encarnaciones). Reyes y aristócratas, y aún plebeyos, acudían a Delfos a "la consulta". Uno de ellos fue Creso, rey de Lidia. Tal vez su nombre se convirtió en sinónimo de riqueza porque bajo su reinado se inventaron las monedas acuñadas por Creso en siglo VII A.C.. Lidia se hallaba en Anatolia -hoy Turquía-. Su ambición desbordaba los límites de su pequeña nación y se le metió en la cabeza invadir y someter Persia, la superpotencia del Asia occidental. Ciro había unido a persas y medos, forjando un poderoso imperio. Naturalmente Creso estaba un tanto inquieto.
Para determinar la prudencia de su empeño, mandó emisarios a consultar al oráculo de Delfos. Cabe imaginarlos cargados de regalos opulentos. La pregunta que los emisarios hicieron en nombre de cReso fue: "¿Qué sucederá si Creso declara la guerra a Persia?" Pitia respondió, sin titubear: "Destruirá un gran imperio"
Regresaron con la noticias y Creso pensó: "Los dioses están con nosotros" - o algo por el estilo - y atacó. Convencido de apoderarse rápidamente de las satrapías invadió Persia con sus ejércitos de mercenarios...y sufrió humillante derrota. No solo el poder de Lidia quedó destruido sino que él mismo se convirtió para el resto de su vida en patético funcionario de la corte persa, brindando consejos de poca monta a dignatarios que lo recibían con indiferencia. Aquella injusticia le hizo verdaderamente mella. Al fin y al cabo, se había atenido a lo prescrito. Solicitó consejo al oráculo - lo más para la época - pagó espléndidamente por la consulta y ella lo engañó. Así que envió otro emisario (esta vez con regalos mas modestos ajustados a sus menguadas posibilidades) y le encargó preguntar en su nombre: "¿Cómo pudiste hacerme eso?".

He aquí la respuesta, según la historia de Herodoto: La profecía de Apolo advertía que si Creso hacía la guerra a Persia destruiría un poderoso imperio. Ante tales palabras, lo juicioso por su parte habría sido preguntar de nuevo si se refería a su propio imperio o al de Ciro. Pero Creso (o sus emisarios) no entendió lo que se le decía ni inquirió más. La culpa es enteramente suya. Si el oráculo de Delfos hubiese sido sólo una estafa para desplumar monarcas crédulos, desde luego habría necesitado excusas para justificar los inevitables errores. En estos casos son corrientes las ambigüedades disimuladas. Sin embargo la lección de Pitia es pertinente: tenemos que formular bien las preguntas, incluso a los oráculos; las preguntas han de ser inteligentes, aún cuando parezca que ya nos han dicho exactamente lo que deseábamos oir. Todos los seres humanos, pero especialmente los políticos, los que gobiernan, no deben aceptar respuestas a ciegas, deben comprender; y no deben permitir que sus propias ambiciones oscurezcan su comprensión. Hay que proceder con sumo cuidado a la hora de convertir una profecía en acción política.
Este consejo es plenamente aplicable a los oráculos modernos: los científicos, los tanques de ideas, las consultoras, los encuestadores, los asesores, los periodistas, los grupos de investigación y universidades, los institutos financiados por las empresas y las comisiones asesoras. Hasta los mismos compañeros de ideas en los partidos. Muy raramente y en general de mala gana los políticos interrogan al oráculo y reciben una respuesta. Pero si lo hacen, deben saber preguntar y saber escuchar. Repreguntar si es necesario y saber interpretar. En la actualidad los oráculos suelen manifestar sus profecías aunque nadie las solicite. Sus declaraciones a menudo son mucho mas detalladas que las preguntas. Las estimaciones se formulan a veces en términos de probabilidades numéricas. Parece casi imposible que el político más honesto emita sencillamente un si o un no. Los políticos tienen que decidir qué hacer con la respuesta, si es que hace falta tomar alguna medida, pero primero deben comprenderla. En razón de la naturaleza de los oráculos modernos y de sus profecías, los políticos precisan, ahora más que nunca, entender los lenguajes, los códigos, las personas, los números, la ciencia y la tecnología.

Con frecuencia, en conversaciones informales, algunos preguntan: ¿nadie le puede decir que está equivocado, qué esa no es la manera, que ésa no es la respuesta? Y surgen diversas interpretaciones. En realidad: (1) muchas veces los que están en el poder se muestran tan seguros que no quieren ni recurrir ni escuchar a los oráculos; (2) si los escuchan exigen que siempre le anuncien las cosas que ellos mismos piensan; (3) muchos oráculos cercanos al poder tienen miedo de emitir su anticipo o interpretación; (4) aun cuando hablen, digan la verdad, tengan atrevimiento… las respuestas pueden ser malinterpretadas: usarlas precisamente para decir lo contrario de lo que se ha pronunciado. Como afirmaba en 1520 Tomás Moro en su Utopía la tarea de asesorar y acompañar a los gobernantes es una tarea realmente insana. A menos que vivamos en una verdadera democracia.

Hay otra historia acerca de Apolo y sus oráculos y como mínimo igual de famosa y relevante, es la de Casandra, princesa de Troya. La más inteligente y bella de las hijas del rey Príamo. Apolo siempre merodeando en busca de seres humanos atractivos, se enamoró de ella. Curiosamente Casandra resistió el asedio del dios, y este decidió comprarla. Pero ¿qué darle? a una princesa rica, hermosa y feliz. Aún así, Apolo tenía para ofrecerle, y le prometió el don de la profecía. Oferta irresistible sin dudas; y ella accedió. Apolo hizo cuanto deben hacer los dioses para convertir a simples mortales en videntes, oráculos y profetas, pero luego, escandalósamente, Casandra se hecho atrás y rechazó el cortejo del dios. Apolo se enfureció, pero no podÍa retirarle el don otorgado -era un dios, al fin y al cabo, los dioses mantienen sus promesas. Sin embargo la condenó a un destino cruel e ingenioso: el de que nadie creyese en sus profecías. Así, según la tragedia Agamenón, de Esquilo, Casandra profetizó a los suyos (1) la caída de Troya, nadie le prestó atención; (2) La muerte del caudillo de los invasores griegos, Agamenon, nadie le hizo caso: (3)anuncia su propia muerte, con el mismo resultado. No querían escucharla y se burlaban de ella. Tanto griegos como romanos la llamaron "la dama de las infinitas calamidades".
En nuestro tiempo reconocerse esa misma resistencia a las profecías horrendas que experimentó Casandra en su época, y con su pueblo y sus vecinos. Cuando nos enfrentamos con una predicción ominosa que alude a fuerzas inmensas sobre las que no es fácil ejercer influencia alguna, mostramos una tendencia natural a rechazarla o no tomarla en consideración. Mitigar o soslayar el peligro podría requerir tiempo, esfuerzos, dinero, valentía; quizás incluso alterar las prioridades de nuestra vida, Además, no todas las predicciones de desastres se cumplen (ni siquiera las formuladas por científicos). Así cuando nos enfrentamos a profecías nuevas e incómodas la reacción es decir: "improbable; catastrofista; jamás hemos experimentado nada remotamente parecido; tratan de asustar todo el tiempo a todo el mundo; es malo para la moral pública." Más aún, si los factores que precipitan la catástrofe anunciada están actuando desde hace mucho tiempo, entonces la propia predicción constituye un reproche indirecto y tácito. ¿Por qué nosotros, ciudadanos corrientes, hemos permitido que se legase a esta situación de peligro? ¿No deberíamos habernos informado antes? ¿Acaso no somos cómplices al no haber tomado medidas para asegurar que los dirigentes políticos eliminasen la amenaza?

Existen medios para que los políticos decidan y hallen una vía intermedia y segura entre la acción precipitada y la impasibilidad. Se requiere, empero, una cierta disciplina emocional y, sobre todo, una ciudadanía consciente e instruida, capaz de juzgar por si misma hasta qué punto son amenazadores los peligros anunciados.

cfr. CARL SAGAN = Miles de Millones. Reflexiones sobre la vida en el universo. B S.A. 2001. Madrid.