039. IDEAS Y ESTADOS DE ANIMO

Los claustros invisibles, esas prisiones que nos construimos y de la que no podemos salir. Y ese retornar cada dia a nuestra yo, a nuestra vida, para retomar fuerza y resucitar. Y también esa sensaciòn de laberinto que nos gobierna o el destino de ir encendiendo candelas, para descubrir la vida.

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Siempre me he sentido un simple arroyito, aunque a veces finja ser un torrente enloquecido que baja de la montaña y se hace pedazos contra las piedras. A pesar de que así me vean o me imaginen. Siempre he sido apenas un yuyito que nace, intruso, en las uniones de los viejos adoquines, con una existencia precaria y un destino incierto. Y en estos días estoy, allí, en el medio del río, navegando sin saber hacia donde. Se hace de noche y la barca da vueltas, y los remos no saben, esperan mis manos, mis decisiones... miro el sol, el sol sobre el río. Es otoño. No hace frío. Escucho voces que llaman desde las orillas y sé que hacia algún lugar debo ir, hacia algún lugar, pero la barca no me lleva, sólo me espera y todas las direcciones son posibles. Los ojos se me duermen mirando el poniente y esa noche que avanza inundando se sombras el paisaje. Nadie me despierta y yo sigo así paralizado, casi muerto. Los remos se han dormido en mis manos o mis manos en los remos.

De pronto, brilla una luz, la primera tal vez o la que primero divisan mis ojos cansados… y lentamente me pongo en marcha. No sé como ni cuando ni a donde llegaré. Alguien más debería estar en esta barca, para avanzar tomados de los mismos remos.

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Siempre es triste la verdad. Por algún motivo siempre nos sorprende. No sé si tiene remedio. La verdad que descubrimos o la verdad que revelamos. La verdad que exhibimos o la verdad que nos arrancan desde una puerta clausurada. No va a ser fácil silenciar la necesidad de hablar y de callar, de decir y de frenar cada una de las palabras. No es fácil. Me podrán decir que uno psicológicamente sale a la búsqueda de la revelación, del descubrimiento, del riesgo, pero yo me resisto a aceptarlo. Prefiero seguir navegando en un mar sin nubes, en un universo sin amenazas. Porque de pronto se cae todo, todo amenaza con derrumbarse, todo se somete a discusión, se clausuran las puertas, se cierran los candados, uno siente que cae y cae sin que haya un fondo en donde finalmente reposar. Quiero un poco de fondo!

No lo sé. Debatiéndome en un estrecho laberinto me choco contra las paredes sin poder salir, y sin saber si quiero salir, si puedo salir, si vale la pena salir. Cuál es el anverso y el reverso de este universo borgiano. Allí cerca alguien demanda la fidelidad a lo prometido alguna vez y mezclan los derechos con el desconsuelo. Un poco mas lejos, la entrega total me reclama la misma entrega

Y por un momento las palabras se ciegan en la garganta, se resisten, se pierden, se quedan sin pensamiento. O es el pensamiento que no encuentra las palabras. O la decisión que se resiste a concretarse. O es el misterio de uno mismo y de los otros.

Y me digo: no es verdad, no puede serlo. Esa misma duda que le puse a las acciones, hace tiempo, es la que me inoportuna y sobreviene en estas horas. O ¿por qué no? ¿qué le impide a quien aporta todo y se juega todo apostar legítimante sus propios dados, lanzar sus cartas, encontrar su plenitud, sin culpa alguna?

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Cuando se habla de las sociedades disciplinarias, se menciona el triple encierro de las estructuras de las mismas (cárcel, sanatorio, manicomio, ejército, escuela). En realidad el modelo es monacal: el monje está encerrado en su celda, en el ámbito en que comparte trabajo u oración con la comunidad, y el muro que divide al monasterio del mundo. La salida de estas estructuras es casi imposible, sin autorizaciones que las legitimen.

A veces, las personas viven encerrados en claustros invisibles que lo protegen, le otorgan seguridad, pero lo encierran. Y resulta difícil sacarse ese encierro: reconocerlo, reconocer los muros, imaginar la salida. A veces es necesaria la presencia de un iluminador, de un derrribador de muros, de alguien con la totalidad de las llaves, los permisos, los salvoconductos. Uno puede vivir toda la vida encerrado en esos claustros que no dejan ver sus muros, que se tornan visibles cuando alguien nos lo señala, los hace sona, los golpea... y frecuentemente, y a pesar del descubrimiento, no hay intención de salir, de liberarse.

Un trabajo, un lugar, una profesión o ese pantanoso territorio de los afectos en donde el presunto amor se puede convertir en una costumbre y la costumbre edificiar año a años, ritual a ritual el claustro invisible que nos impide ser feliz. Y para siempre.

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Alguien ocupa el lugar. Lo ocupa legítimamente. Reina en el territorio, aunque se encargue de demarcarlo permanentemente. Vigila, pregunta, advierte, castiga. Defiende la propiedad privada como cosa exclusiva. Tiene argumentos y razones. Las exhibe y las recuerda.
Y es verdad, a veces, uno anda por la vida encendiendo candelas adicionales, por las dudas, para no quedarse sin luz. No le basta que brille la luz principal, que lo ilumine todo, que todo lo satisfaga: prefiere asegurarse con candelas adicionales.
Y entonces aparece un llamado, un correo, un mensaje. Nada serio, nada comprometedor, nada seguro, pero un tanto ambiguo. Como si uno entornara la puerta y la dejara casi abierta, o casi cerrada como a la espera. No dará ningún salto, no golpeará, no saldrá al pasillo, pero la puerta juega con apertura, ese hilo de luz o de aire o de libertad.
Y entonces, un llamado, una visita, una mirada, algunas palabras, ciertas insinuaciones se convierten en encendedores de candelas o en sus alimentos naturales... especialmente cuando - en otro lugar del mismo pasillo y en la misma noche - alguien también deja la puerta entreabierta, sin cerrar, tentadora, como esperando. Sólo se trata de dar el primer paso, atreverse: luego, todo está permitido.
Tiene razón: alguien ocupa el lugar y anda visitando las noches y los pasillos cerrando todas las puertas, asegurándose de que no haya grietas, ni tentaciones, ni oportunidades. Para dormir tranquilo y disfrutar del territorio.