045. LA OLA: EDUCACION, IDEOLOGIA, PENSAMIENTO UNICO Y RESISTENCIA

LA OLA
“Entre los muros” y “La Ola”. Dos películas del 2008… que desembarcaron aquí en el 2009. Una francesa, la otra alemana. Dos grupos de adolescentes. Distintos, iguales. Dos profesores con caracteres diversos, pero docentes, educadores al fin. Allí están los impecables y cuidados edificios de las escuelas. Los directores, los colegas, las familias, la sociedad. La misma sociedad, el mismo tiempo, la misma estructura de escuela, pero realidades diversas. Hay historias de inmigrantes en unos y escuela de elite en otros. Hay pluralidad de clases y la sensación de que la escuela “se ha venido abajo con tanta gente extraña” en la película francesa…mientras que la alemana exhibe una realidad mas armoniosa. Pero hay un pasado alemán que bulle, como un fantasma.

Título: La ola
Título original: Die welle
Dirección: Dennis Gansel
País: Alemania
Año: 2008
Fecha de estreno: 28/11/2008
Duración: 107 min
Género: Drama, Thriller
Reparto: Jürgen Vogel, Frederick Lau, Max Riemelt, Jennifer Ulrich, Christiane Paul, Jacob Matschenz, Cristina do Rego, Elyas M'Barek, Maximilian Vollmar, Max Mauff

Son adolescentes de hoy, con sus indisciplinas, sus desplantes, con sus cosas… No son los disciplinados adolescentes del pasado. Tampoco los docentes son los perfectos docentes del pasado, los modelos, los ideales: tienen sus limitaciones, sus defectos y los exhiben: son humanos, demasiado humanos.

De algún modo hay unidad de espacio porque el aula (con sus bancos de espacio reticulado y el “adelante del profesor” que domina la situación.
Hay unidad de tiempo: un año escolar, una semana. Todo se cierra y se encierra allí. No sabemos el antes. Apenas si entrevemos el después.
La posición de las cámaras, sin embargo, es diversas: hay más horizontalidad en la película francesa y más verticalidad (desde abajo, desde arriba) en la Alemana.
La película francesa encierra la acción entre los muros. La alemana, sale del encierro, aunque gesta las decisiones en el encierro, y dialoga con la sociedad.
Hay conflictos. Muchos. Discusiones, cruces de intereses, diálogos fuertes. Decisiones.

Un final esperanzador en una. Un final inesperado en otra. ¿Inesperado, deseado, necesario, políticamente correcto?
Para ver con los colegas docentes, con los alumnos que se preparan para ser docentes, con los padres, con diversos sectores de la sociedad que hablan de educación y de escuela pero que hace mucho que no reconocen su funcionamiento desde el interior del aula.

UNA SEMANA DECISIVA

ESENCIA. UNIDAD DE TIEMPO Y DE ACCION.
La escuela alemana LA OLA (2008) – a diferencia de la francesa ENTRE LOS MUROS (2008) - no muestra su vida normal, sus clases, sus ingresos, sus pausas, las típicas relaciones de profesores y alumnos. Por el contrario LA OLA trabaja escenarios distintos: (1) la clase, pero en una semana especial, destinada a proyectos innovadores, (2) la pileta de natación en el que practica y compite – con empeño y violencia - el equipo escolar de waterpolo y (3) el teatro en el que un grupo de alumnos autogestionan el ensayo de la obra del suizo (1955) FRIEDRICH DÜRRENMATT, La visita de la anciana dama. Es una obra muy curiosa e indirectamente asociada al tema y problema de la película toda. He aquí su argumento: CLAIRE ZACHANASSIAN, la anciana, vuelve a su pueblo natal - donde en su juventud sufrió graves humillaciones, ya que Alfred, su amante de juventud fue el responsable de un acto ruin y Claire es echada del pueblo, embarazada y vilipendiada, para convertirse en prostituta - convertida en una multimillonaria capaz de transformar la miseria y las penurias económicas de sus habitantes; de convertirlas, dinero mediante, en un prolongado bienestar. Pero todo tiene su precio y el de esa mujer está precisamente calculado: para obtener la recompensa prometida todos deberán convertirse en cómplices de un crimen. Lo inquietante es la condición planteada ante los necesitados habitantes del pueblo: una donación de mil millones (la mitad para las autoridades y la mitad para repartirse entre los habitantes) a cambio de una particular forma de justicia (en realidad: venganza): encontrar a ALFRED para matarlo. La propuesta, es unánimemente rechazada por todos (los principios no se negocian), pero termina sin embargo corroyendo las convicciones de todos y cada uno de ellos. Frente a ellos está un futuro de miseria; la solución: una existencia con una moral negociada a cambio de un mejor nivel de vida. El ambiente se va enrareciendo a medida que todos imaginan las posibilidades de un nuevo tipo de vida, intuyendo que al final tomarán la decisión que cambiará para siempre sus vidas.

Más allá de la escuela están la ciudad, la casa del profesor Rainer, los hogares de los alumnos, con sus problemas. La escuela tiene sus muros, pero la vida interactúa dentro y fuera de los muros. Los muros son permeables o están saludablemente agrietados. Tanto en el teatro como en la pileta, las cosas no andan bien. Al grupo de actores le cuesta organizarse y poner en funcionamiento el proyecto por la falta de control de algunos de sus integrantes. Al grupo de jugadores les falta disciplina y entrega para constituirse en un equipo competitivo. Entre la indisciplina y la falta de motivación los adolescentes no logran en ninguno de los dos casos llevar adelante sus propósitos.

Y entonces comienza la acción. A RAINER WENGER (JURGEN VOGEL) profesor educación física y responsable del equipo de waterpolo del instituto le ha tocado el tema de la Autocracia (Sistema político en el que un solo gobernante ejerce el poder sin limitación de su autoridad. Dictadura, absolutismo, tiranía, despotismo, autoritarismo, totalitarismo) para las actividades de la “semana de proyectos especiales”. No es realmente su tema preferido ya que hubiera querido hacerse cargo de la “anarquía”, ya que en su juventud había sido un ocupa en Berlín y participado en numerosas manifestaciones de izquierda. Aunque interviene ante la Directora del Instituto, su colega, el Dr. Wieland, se niega a hacer el cambio. Esa es la unidad de tiempo (la semana) que se une a la unidad de referencia espacial: la escuela y principalmente la geografía del aula.

Para algunos de los alumnos la escuela y sus proyectos son la única salvación frente al entorno familiar que tienen. Antes de iniciar “la semana”, la sociedad de los estudiantes parece sumida en el desorden, la falta de motivación, la inseguridad y ausencia de sentido. La semana de proyecto no representa en sí mismo ninguna revolución, sino una alternativa pedagógica prevista que no despierta demasiadas inquietudes. Planteado el estado de situación y aceptada la misión de coordinar la semana especial de proyectos sobre la autocracia, día a día se produce el desarrollo de la película, junto con las transformaciones de los participantes

PRIMER DIA: LUNES: CREAR EL ESCENARIO, CONSTRUIR EL RELATO. LA IDEA
Aunque el profesor pretende motivar la participación y el desarrollo, los alumnos están más que hartos de discutir el nazismo o los temas del pasado, recorridos permanentes en las escuelas alemanas. Sólo algunos sospechan que el tema puede volverse interesante ante la posibilidad de que un neo-nazismo sea posible. Rainer comprende que la única manera de llevar adelante el proyecto y sus discusiones es convertirlo en un experimento activo con toda la clase, en convertir la propia clase en una autocracia.
En primer lugar, decide constituirse, auto-designarse (no puede ser democrático ni el inicio) como líder, una figura de autoridad indiscutida. Inmediatamente instaura un relato y un ritual, sin que el grupo se le oponga: ordena a los alumnos que le llamen SR. WIELAND desde ese mismo momento, y siempre dirigirse a él en pie. De un momento a otro la clase asume un clima de disciplina y concentración. Rainer los apremia con el rigor, la disciplina y la concentración. Este juego de representación y de simulacro los envuelve a todos, ya que todos suben al escenario para volverse activos participantes. Los que no aceptan el juego del relato, el simulacro del ritual son expulsados. Los disidentes, los heterodoxos no pueden permanecer en comunión con el resto. Y el mínimo desgranamiento se produce inmediatamente. En un giro improvisado (o no), en una vuelta de tuerca, se modifica el destino de todo: la clase se ordena, hasta las imágenes muestran con cámaras desde arriba, bancos más alineados y alumnos militarmente sentados, y en todos los momentos el curioso uso del pizarrón. También hay – en el grupo – disensos encubiertos, estratégicamente postergados. Los ecos de estas ideas llegan hasta las familias de los alumnos que no logran entender el experimento, ya que fuera el contexto nada puede ser entendido plenamente.

MARTES. IMPONER UN ORDEN Y DISCIPLINAR CUERPOS Y MENTES. LA CAMISA BLANCA
En vez del caos y el ruido de toda clase, Rainer tiene ante sí una clase ordenada y de comportamiento impecable. Sabe que tiene que lograr la cohesión del grupo, la unidad indestructible, para proponerle los ideales: “fuerza a través de la unidad.” Esta unidad necesita recuperar fortalezas y desarticular debilidades: los alumnos con menor rendimiento y más inquietos deben sentarse con otros alumnos con mejores resultados, ya que “si todos trabajamos juntos y rendimos más, seremos más fuertes.” La estratégica redistribución del espacio es una forma de disciplinamiento reticular que reparte responsabilidades: el líder delega la mirada panóptica y el control en todos, porque así multiplica su poder en proporción directa al número de participantes de la experiencia. Surge la necesidad de proponer UN UNIFORME (camisa blanca) Rainer utiliza siempre la misma técnica: lanza la idea o acepta la idea de los alumnos; abre la ronda de propuesta y cierra con una determinación que deben aceptar todos (aun cuando no todos estén de acuerdo). Inmediatamente, los alumnos utilizan su tiempo disponible para poner en práctica la idea: comprar o acondicionar las camisas blancas. Lo de las camisas no es un dato anecdótico: porque las camisas han sido en el siglo XX signo de identidad ideológica: inspirados por los camisas rojas de Garibadi, los camisas negras se organizaron por Benito Mussolini como el instrumento violento de su movimiento fascista. Su ethos y uniforme fueron imitados por otros que compartían la ideología fascista, como los nazis alemanes, que reservaron el negro para la guardia personal de Hitler (SS) y eligieron las camisas pardas para las SA, de función similar a las negras italianas.

MIERCOLES: IDENTIFICACION GRUPAL Y AISLAR EL DISENSO. EL NOMBRE Y EL LOGO
Una de la alumnas (Karo) es la que se atreve a desobedecer la orden, porque – en última instancias – es un juego arbitrario en el que la orden no tiene validez: no es la escuela o el profesor el que lo ha ordenado; es una orden convenida, un acuerdo entre partes que no han firmado el acuerdo: una construcción social muy curiosa, pero muy real. Pero Karo se convierte en una extraña entre sus pares, y como no ha obedecido el acuerdo, queda excluida. Desde ese nuevo lugar (exclusión), puede analizar mejor las cosas que van sucediendo y entrever la trampa. Determinan ponerle un nombre al grupo-movimiento. Llueven propuesta y Rainer termina aceptando la sugerencia de Marco, el novio de Kalo: LA OLA.
La energía de LA OLA comienza a volverse expansiva, atraer a otros alumnos y se extiende al grupo de teatro y al equipo de water polo. En lugar de competir entre ellos, de repente los chicos comienza a unirse entre sí y cerrarse sobre el grupo: hay un orgullo en la pertenencia y en la lucha común. Su espíritu sectario resulta infeccioso. El entusiasmo de los miembros de LA OLA es imparable: Sinan utiliza sus dotes creativos y diseña un logo para ellos. Tim les crea un sitio web, montan su propio blog. LA OLA va ganando fuerza. Rainer lo llama “Fuerza a través de la acción,” un lema que sus seguidores no tardan en hacer realidad: en una sola noche llenan las paredes de la cuidad con graffittis con el logo del grupo. “¡Esta es nuestra señal !¡Vamos a darle la vuelta a esta ciudad como una ola!” No se trata de algo resuelto con Rainer, sino solo una proyección del entusiasmo y de sus convicciones de los mismos alumnos.

Entre tanto la vida de Rainer tiene su propia historia: en la casa, en el lago en el que nada, en su casa con su mujer, colega docente del Instituto que ve crecer la idea y que le advierte que puede írsele de las manos, en su escritorio pensando nuevas ideas para incentivar a los chicos, en las aclaraciones que debe realizar ante sus colegas y ante la directora (que comparte ese aire de renovada disciplina que Rainer ha creado). Curiosamente LA OLA – mas allá del responsable pedagógico - se transforma en un movimiento que fluye por fuerza propia, que es mas que resultado del creador, que tiene vida propia, que se expande sin poder controlarse.

JUEVES: LA OLA LO INVADE TODO. NO HAY RETORNO
Sinan y Bomber son los alumnos que inventan el saludo y se lo proponen a Rainer. “Todos los grupos tienen su saludo ¿no? Como el Poder Negro.” El grupo comparte todos los rituales: sólo los que lo acatan, pueden pertenecer, los demás son eliminado o no se les acepta el ingreso. Karo decide que es el momento de detener el delirio, y se enfrenta a Rainer: todo se ha descontrolado y puede tornarse ingobernable, una idea que también comparte la esposa de Rainer en discusión doméstica. Rainer se defiende afirmando que se trata de una idea genial que está dando resultados óptimos, y proviene de un simple profesor de Educación Física con una formación de segundo nivel en el tema social y político. La admiración por el líder lleva a uno de los alumnos mas consecuentes a abandonar su casa y convertirse en su guardaespaldas, en si defensor incondicional. El poder de la OLA se expresa en violencia contra los extraños dentro y fuera del territorio y el horario de la escuela.

VIERNES: LA LUCHA Y LA REBELION
Los alumnos de LA OLA organizan una fiesta de iniciación y mucha bebida en la playa, mientras los opositores y rebeldes tratan de advertir sobre el peligro latente a través del sitio de Internet y distribuyen panfletos por toda la escuela para enfrentarlos, con la frase: “¡Paremos LA OLA!”. Aunque las sospechas recaen inmediatamente sobre Karo, no tiene el efecto deseado porque frenan la distribución de los volantes.
Sin embargo, lo urgente es respaldar el partido final de waterpolo contra otra colegio, la principal responsabilidad institucional del lider, Rainer. LA OLA con sus camisas blanca lo invaden todo. Aunque el equipo está jugando muy bien y se entrega a pleno, el clima se descontrola y hay violencia en todos los sitios. En realidad Karo y Mona logran irrumpir en una de las hinchadas y empiezan a repartir los conocidos folletos de “¡Paremos LA OLA!” por todas partes. Hay golpes en las gradas y surge una pelea entre los jugadores en el aula. El árbitro cancela el partido. Y hay un cruce de responsabilidades entre diversos sectores.
Hay un momento en que el líder se da cuenta (si así lo desea) que ha creado un monstruo que ya no puede dominar, que los subordinados no piensan, ni siquiera obedecen, generan nuevas órdenes y nuevas obediencias en una catarata imposible de detener, porque el monstruo tiene vida propia y ya no reconocer al creador. Ponen en boca y pensamiento del líder lo que ha dicho y lo que debería decir. LA OLA tiene un movimiento ingobernable. Asombrado por lo que sucede y por sus reacciones (le ha pegado a Karo) Marco – un incondicional del líder - acude a casa de Rainer y le suplica que ponga fin al experimento. Rainer se da cuenta de que todo ha ido demasiado lejos, pero no sabe si debe o puede parar LA OLA… y desconoce la forma de detenerla, porque no sabe – a ciencia cierta – si tiene poder real para intervenir.

SABADO: EL FINAL ¿EL FINAL?
A Rainer no le queda otro remedio que citar a todos los miembros de la OLA al gimnasio, pidiéndoles discreción y presencia obligatoria para tomar una decisión. La película llega a una tensión suma. La escena de la clase vista desde un Rainer que avanza dando la espalda a la cámara replica la presencia de Hitler frente a sus soldados. La tensión de la narración genera una incertidumbre con respecto al final: ¿cuál es la salida políticamente correcta? ¿Cuál es la salida humanamente posible? Cuando se logra un proceso de concientización ideológica, de convencimiento indiscutible y de obediencia ciega, ¿Cómo se los puede frenar?
Rainer es el que – desconcertándonos - sabe cómo moverá las piezas hasta el final. Nada es lo que parece… pero a veces el que mueve las piezas del tablero no es el último; a veces hay alguien más arriba o las piezas se rebelan y toman vida propia… Hay algo de LA CAIDA y algo de LA SOCIEDAD DE LOS POETAS MUERTOS en el imprevisto desenlace.
Por eso, el final. Y esa soledad definitiva que hemos visto en otras películas sobre episodios de la historia del siglo XX. Realmente es un instrumento de análisis para revisar la historia fáctica, para entenderla y para analizar los diversos grados de responsabilidades que producen estos hechos… Porque la película filmada en Alemania trae reminiscencias del régimen nazi. Pero LA OLA no tiene un contenido específico: es una estructura, una autocracia, una forma de gobierno y de manejo de la sociedad… y puede funcional como instrumento apto para cualquier ideología, de todos los signos: derecha, izquierda, transformaciones revolucionarias, reacciones conservadoras, etc. Lo importante es darse cuenta, generar siempre un pensamiento crítico que pueda permitir la vigencia permanente del pensamiento.
Curiosamente – y contrastando con la película francesa - ¡que bien funciona la escuela para este tipo de instrumentos! ¡Cómo responden los mecanismos disciplinarios tradicionales, las miradas, los ordenamientos, los panópticos a estos objetivos de órdenes y obediencias, de convicciones y relatos victoriosos!!! Es la escuela moderna…¿es la escuela que aun necesitamos?.

PRE HISTORIA DE LA OLA = EL EXPERIMENTO ORIGINAL.

Título: La ola Título Original: Die Welle
Género: Drama
Director: Dennis Gansel
Intérpretes: Jürgen Vogel, Frederick Lau, Max Riemelt, Jennifer Ulrich, Christiane Paul, Elyas M´Barek
Nacionalidad: Alemania
Libro original: Todd Strasser (bajo el pseudónimo de Morton Rhue) “La ola”
Duración: 101 min.

La Tercera Ola fue el nombre que el profesor de historia Ron Jones dio a una recreación experimental de la Alemania Nazi que él mismo dirigió con alumnos de secundaria (preparatoria en algunos países). El experimento se llevó a cabo en el Cubberley High School, un colegio de Palo Alto, California, durante una semana de 1967. Jones, al no poder explicar a sus alumnos por qué los ciudadanos alemanes (especialmente los no judíos) permitieron que el Partido Nazi exterminara a millones de judíos y otros llamados "indeseables", decidió mostrárselo.

En el otoño de 1967, Ron Jones, un profesor de historia en el Instituto Cubberley de Palo Alto, California, dirigió un experimento en su clase. Durante una lección sobre el tema del Nacionalsocialismo, uno de sus alumnos hizo una pregunta que el profesor no pudo responder: “¿Cómo pudo el pueblo alemán alegar su ignorancia del genocidio judío? ¿Cómo podía la gente de las ciudades, los obreros, los profesores, los doctores, decir que no sabían nada de los campos de concentración y las matanzas? ¿Cómo gente que eran vecinos o incluso amigos de judíos podían decir que no estaban allí cuando sucedió todo?”

El profesor decidió llevar a cabo un experimento en la clase para probar que ese orden social era posible y que la forma de organización convencía y le quitaba visión a casi todos. Impuso un régimen de estricta disciplina en su clase, restringiendo la libertad de los alumnos y haciendo de ellos una unidad. El nombre del movimiento fue La Tercera Ola. Para gran asombro del profesor, los alumnos reaccionaron con entusiasmo a la obediencia exigida de ellos. El experimento, que originalmente debía durar solamente un día, pronto se extendió por toda la escuela. Aquellos que disentían fueron aislados o incluso agredidos si no se unían al movimiento, y los miembros comenzaron a espiarse y a desconfiar entre sí. Pero en el quinto día, Ron Jones fue obligado a dar por terminado el experimento.

El fenómeno de la “obediencia extrema u obediencia debida”: Existe una serie de experimentos en el campo de la psicología social, sin embargo, que han examinado el comportamiento de individuos en una situación colectiva y que ha arrojado resultados preocupantes. Uno de los experimentos más famosos se llevó a cabo en 1971, en la prisión de Stanford, que estudió el comportamiento humano en situaciones de encerramiento. El Experimento Milgram realizado en 1962 por el psicólogo Stanley Milgram estudió la voluntad de gente normal de seguir las instrucciones de líderes autoritarios aun en contra de su propia conciencia y principios.

RELATO DEL AUTOR DEL EXPERIMENTO:

“Es así como empezó todo y, por una extraña coincidencia, creo que fue Steve quien inició la Tercera Ola con una pregunta. Estábamos estudiando la Alemania nazi y me interrumpió la pregunta: "¿Cómo pudo el pueblo alemán declararse ignorante respecto de la masacre del pueblo judío? ¿Cómo pudieron, los habitantes de las ciudades, los conductores de trenes, los profesores, los médicos, declarar que no sabían nada acerca de los campos de concentración y de la carnicería humana? ¿Cómo, personas que eran vecinas y tal vez, incluso, amigas de ciudadanos judíos, pudieron decir que no estaban allí cuando eso ocurrió?". Era una buena pregunta y yo no supe responderla. Como aún nos quedaban muchos meses para que finalizara el año escolar y yo ya había llegado a la Segunda Guerra Mundial, decidí dedicar una semana para investigar esa pregunta.

(1) INICIOS: EL LUNES introduje a mis alumnos de historia de segundo año a una de las experiencias que caracterizaron a la Alemania nazi: la disciplina. Les hablé acerca de la belleza de la disciplina; de cómo se siente un atleta al haber trabajado dura y regularmente para tener éxito en el deporte; de cómo se empeña un bailarín o un pintor para perfeccionar un movimiento; de la tenaz paciencia de un científico en la prosecución de una idea; acerca del poder del deseo; acerca del uso del esfuerzo físico para el logro de habilidades mentales y físicas superiores; acerca del triunfo final. Para experimentar el poder de la disciplina, sugerí (no, exigí) a la clase el ejercicio y uso de una nueva forma de sentarse. Les expliqué cómo una manera correcta de sentarse ayuda a la concentración y fortalece los deseos, Concretamente, les impuse una posición para sentarse que comenzaba por mantener los pies firmes contra el suelo y las manos estiradas, cruzadas en la espalda, a fin de lograr una posición recta de la columna. "Así respiran más fácilmente y están más atentos. ¿No se sienten mejor?". Practicamos una y otra vez esta nueva posición de atención.

Caminé por los pasillos señalando los pequeños defectos y corrigiéndolos. La forma manera de sentarse se transformó en el aspecto más importante del aprendizaje. Di por terminada la clase haciéndoles dejar sus escritorios y luego, abruptamente, haciéndoles regresar a la posición de atención. Rápidamente, la clase aprendió a cambiar de la posición de pie a la de atención, sentándose en quince segundos. Centré la preocupación en que los pies estuvieran paralelos y planos, los tobillos juntos, las rodillas dobladas en un ángulo de noventa grados, las manos estiradas, cruzadas en la espalda, la columna recta, el mentón pegado al pecho y la cara de frente. Hicimos ejercicios sonoros en que la conversación era permitida sólo para demostrar que era una distracción. A los pocos minutos de ejercicios progresivos, el grupo podía cambiar desde una posición de pie, fuera de la sala, a una posición sedente, junto a sus escritorios, sin hacer ruido; la maniobra completa sólo nos tomaba cinco segundos.

(2) PRIMEROS RESULTADOS: Me extrañaba ver la rapidez con que los alumnos adoptaron ese código de comportamiento uniforme. Comencé a preguntarme hasta dónde podían ser llevados. ¿Era esta obediencia un juego momentáneo, al que todos estábamos jugando, o había algo más? ¿Era una necesidad natural el deseo de disciplina y uniformidad, un instinto social que escondíamos tras nuestros restoranes informales o los programas de televisión? Decidí probar la tolerancia del grupo hacia la acción reglamentada. En los últimos veinticinco minutos de la clase, introduje algunas reglas nuevas: los alumnos debían permanecer sentados en la posición de atención hasta el último sonido de la campana. Todos debían tener un papel y lápiz para tomar apuntes. Al formular una pregunta o al responder, debían ponerse de pie junto al escritorio, y la primera palabra debía ser: "Sr. Jones". Tuvimos una breve sesión de "lectura silenciosa". Los alumnos que no se atenían a esas normas eran sancionados y se les hacía repetir las reglas hasta que se convirtieran en un modelo de puntualidad y respeto. La intensidad de la respuesta llegó a ser más importante que el contenido mismo de ella y, para resaltar lo anterior, hice preguntas que debían ser respondidas en tres palabras, o menos. Estimulé a mis alumnos a que hicieran un gran esfuerzo al preguntar o responder algo y también les enseñé a actuar de manera rápida y cortés. Muy pronto comenzaron a surgir preguntas y respuestas. El nivel de compromiso pasó de los pocos que siempre dominaban las discusiones, a todo el grupo. Al mismo tiempo, era extraño el gradual perfeccionamiento en la calidad de las respuestas. Cada uno parecía escuchar más atentamente; eran nuevas personas las que hablaban. Las respuestas comenzaron a ser más largas a medida que los alumnos, por lo general reacios a hablar, se sentían seguros, gracias a su propio esfuerzo.
Por mi parte, en este experimento yo sólo me hacía preguntas: ¿Por qué no había pensado antes en esta técnica? Los alumnos se veían interesados en el asunto y repetían cuidadosamente hechos y conceptos. Incluso, parecía que planteaban mejores preguntas y entre ellos se trataban con más consideración, ¿Cómo era posible? Yo estaba creando un ambiente de aprendizaje autoritario y éste, parecía ser muy productivo. Comencé, entonces, a ponderar no sólo hasta dónde podía arrastrar al grupo, sino también hasta qué punto esto iba a cambiar mis creencias básicas acerca del aprendizaje libre y autodirigido. ¿Acaso desaparecería mi fe en Carl Rogers? ¿Hacia dónde me estaba llevando este experimento?

(3) PRIMERA LECCIÓN PRÁCTICA: EL MARTES, segundo día del experimento, entré a la sala encontrando a todo el grupo sentado en silencio, en la posición de atención. Algunos rostros se veían relajados por sonrisas destinadas a agradar al profesor, pero la mayoría de los alumnos miraba fijamente, mostrando una profunda concentración, con los músculos del cuello rígidos y sin el menor rastro de una sonrisa o de un pensamiento, ni siquiera de una interrogación, tensas cada una de sus fibras, ejecutando su papel. Para librarlos de la tensión, me acerqué a la pizarra y escribí con grandes letras: "PODER A TRAVÉS DE LA DISCIPLINA" y, bajo esta frase, escribí una segunda máxima: "PODER A TRAVÉS DE LA COMUNIDAD".
Mientras el grupo permanecía sentado en profundo silencio, comencé a sermonearlo acerca del valor de la comunidad. A este punto del juego, pensaba en mi fuero interno si debía parar el experimento, o continuar con él. No me había esperado semejante intensidad ni sumisión. De hecho, me sorprendía ver cómo las ideas acerca de la disciplina estaban completamente estatuidas. Mientras seguía planteándome si continuar o no con todo eso, seguí hablando acerca de la comunidad. Inventé historias acerca de mi experiencia como atleta, como entrenador deportivo y como profesor de historia. Había sido una experiencia fácil. La comunidad es ese vínculo entre los individuos que trabajan y luchan juntos, es sentir que se es parte de algo que está más allá de uno mismo, un movimiento, un equipo, la raza, una causa.
Ya era tarde para retroceder, (Ahora puedo comprender por qué el astrónomo mira inexorablemente a través del telescopio). Estaba sondeando cada vez más profundamente en mis percepciones y motivaciones acerca de la acción de grupos y la acción individual. Y aún quedaba mucho por ver y entender. Numerosas preguntas me asaltaban: ¿Por qué los estudiantes aceptaban la autoridad que estaba imponiéndoles? ¿Dónde había quedado su curiosidad o resistencia ante el comportamiento marcial? ¿Cuándo y cómo terminaría todo esto?
Siguiendo con mi descripción de comunidad, dije a mis alumnos que, al igual que la disciplina, las ideas sobre comunidad debían ser experimentadas para ser comprendidas. Para ejemplificar la idea de comunidad, les hice repetir al unísono: "Poder a través de la Disciplina". "Poder a través de la Comunidad". Al comienzo, hice dirigir el coro a dos estudiantes, parados frente al grupo, luego fui agregando estudiantes, hasta que, finalmente, toda la clase recitaba de pie. Fue muy curioso, los alumnos comenzaron a mirarse unos a otros, sintiendo el poder de la pertenencia. Estaban haciendo algo juntos.
Trabajamos en este simple ejercicio durante todo el período de la clase, repitiendo los lemas en coro, diciéndolos con distintas intensidades, siempre juntos, enfatizando, al mismo tiempo, la forma correcta de sentarse, de pararse, de hablar. Comencé a sentirme a mí mismo como parte integrante del experimento, gozaba con la unidad que demostraban mis alumnos, era gratificante ver su satisfacción y su deseo de seguir adelante. En cuanto a mí, me era cada vez más difícil sustraerme de la situación y la identificación que estaba desarrollando la clase; estaba siguiendo el dictamen del grupo de la misma forma en que lo estaba dirigiendo.

(4) EL SALUDO: Cuando ya terminaba el periodo y sin ningún oculto propósito, creé un saludo que era sólo para los miembros del grupo. Para hacer este saludo, se levantaba la mano derecha a la altura del hombro, en una posición curvada, como cuchara. Lo denominé el saludo de la Tercera Ola, pues la mano parecía la cresta de una ola a punto de estallar. La idea del número tres surgió de la marea, en que las olas se forman en cadena, siendo la tercera la última de cada serie y la mayor.

Desde que inventamos el saludo, hice de él una regla para saludar a todos los miembros de la clase, incluso fuera de la sala. Cuando sonó la campana indicando el fin de período, pedí al grupo absoluto silencio y, frente a todos los alumnos sentados en la posición de atención, levanté lentamente mi brazo y, curvando la mano, los saludé. Fue una señal silenciosa de reconocimiento e indicaba que ellos eran algo especial que los distinguía del resto de la gente. Sin que mediara ninguna orden, el grupo completo me devolvió el saludo. Desde ese día, mis alumnos, dondequiera que se encontraran, intercambiaban este saludo en las canchas de deportes, en la biblioteca, en la cafetería, en que se produjo un pequeño accidente con las bandejas, se veía a mis alumnos intercambiando esa extraña jerga. El misterio de treinta individuos que hacían esta curiosa pirueta, pronto llamó la atención de los demás hacia el grupo y su experimento sobre la personalidad alemana. Muchos estudiantes de otros cursos pidieron integrarse.

(5) PODER DE LA ACCION. TARJETAS DE SOCIO: EL MIÉRCOLES decidí entregar tarjetas de socio a cada estudiante que quisiera continuar con lo que empecé a llamar el Experimento. Nadie se manifestó con deseos de abandonarlo. En este tercer día de actividades había 43 alumnos en la sala. Trece muchachos habían dejado otros cursos para integrarse al Experimento. Mientras estaban todos sentados en la posición "correcta", entregué a cada uno una tarjeta y, marcando con una equis roja tres de ellas, informé a los receptores que tenían una misión especial, consistente en denunciar a aquellos alumnos que no cumplieran con las reglas. Luego, les hablé acerca del significado de la acción. Expliqué cómo disciplina y comunidad carecían de significado sin la acción; me referí a la maravilla que encerraba la responsabilidad total de las acciones individuales les hablé de la confianza en uno mismo, la comunidad y la familia, instituciones que debían protegerse y preservarse a cualquier costo. Puse el acento en el trabajo duro y la mutua lealtad, que hacían posible el rápido aprendizaje y el logro de los objetivos. Les hice sentir cómo la competencia producía temor v degradaba a les individuos, despertando en ellos sentimientos de compasión, sensación de inutilidad, de no-pertenencia y de falta de apoyo.

A este punto, los alumnos comenzaron a pararse voluntariamente y a hacer declaraciones como: "Sr. Jones, por primera vez estoy aprendiendo muchas cosas" "Sr. Jones, ¿por qué no enseña así siempre?" Yo estaba perplejo. Estaba atiborrándolos de información y en una forma tan coercitiva, que el hecho de que lo encontraran cómodo y aceptable era sorprendente. Era igualmente desconcertante descubrir que el tiempo necesario y la complejidad de la tarea acerca de la vida alemana eran tan vastos y, sin embargo, era completada e incluso ampliada por los estudiantes. El rendimiento académico había mejorado significativamente, estaban aprendiendo más y pedían más aún. Comencé a pensar que los alumnos harían todo lo que les pidiese y decidí hacer la prueba. Para permitirles una experiencia directa, di a cada uno una tarea específica: Diseñar una bandera de la Tercera Ola y responsabilizarse de impedir el ingreso a la sala a los extraños. Recordar y ser capaz de repetir para el día siguiente, de memoria, el nombre y la dirección de cada miembro de la Tercera Ola. Cada alumno recibió la responsabilidad de entrenar y convencer a, por lo menos, veinte muchachos de la escuela básica. Cada uno de los alumnos debía dame el nombre y la dirección de un amigo en el que se pudiera confiar y que quisiera participar en la organización.
Para concluir esa sesión de acción directa, instruí a algunos alumnos acerca de una forma más simple de reclutar nuevos miembros, consistente en que cada miembro nuevo solamente tenía que ser recomendado por otro antiguo y yo le daría una tarjeta. Cuando la recibiera, debía demostrar conocimiento acerca de nuestras reglas y obedecerlas. Mi proposición fue acogida con entusiasmo.
La curiosidad se apoderó del colegio, afectando a todo el mundo. El cocinero me preguntó cómo debía ser un pastel de la Tercera Ola y, le respondí "Igual a una rosca de chocolate, naturalmente". El director, en una reunión de profesores, me saludó a la manera de la Tercera Ola y le devolví el saludo. La bibliotecaria me agradeció nuestro esquema de aprendizaje, escrito en un gran pliego de treinta pies y lo puso sobre la entrada de la biblioteca. Al final del día, fueron admitidos más de doscientos alumnos en el nuevo orden. Mientras tanto, yo me sentía muy solo y un poco asustado.

(6) LOS SOPLONES. Mi mayor temor fue provocado por el incidente de los soplones. Si bien yo designé formalmente a tres alumnos para que me informasen de los casos de comportamiento desviado, aproximadamente veinte personas se acercaron a mí con informes del tipo de: "Alan no saludó", "Georgina estaba criticando el Experimento", etc. Este incidente de los chismes significaba que ya la mitad del grupo consideraba su deber observar y delatar a otros miembros de su propio grupo. Junto con esta avalancha de informes, parecía avecinarse una conspiración de verdad. Tres muchachas de la clase habían contado todo a sus padres acerca de las actividades del colegio. Estas alumnas eran, con creces, las más aventajadas de la clase y andaban siempre juntas; además, tenían en común su gusto por el liderazgo. Durante el Experimento, me preguntaba cómo responderían a la idea de igualdad entre los integrantes del grupo. Las recompensas a que ellas estaban acostumbradas no tenían cabida en el Experimento. Las cualidades intelectuales como el razonamiento, no existían para nosotros. En la atmósfera marcial de la clase, parecían mantenerse al margen. Ahora que veo retrospectivamente el Experimento, ellas me parecían entonces como esos alumnos con dificultades en el aprendizaje. Observaban las actividades, participando mecánicamente mientras el resto se mostraba entusiasta, ellas se introvertían, limitándose a observar. Al contar a sus padres lo del Experimento, provocaron una breve cadena de acontecimientos. Un rabino me llamó de parte de uno de los padres, siendo cortés y condescendiente: Le dije que sólo estábamos estudiando la personalidad alemana y se mostró satisfecho, dándome a entender que no me preocupara, pues él se encargaría de llamar a los padres para tranquilizarlos. Al concluir esta conversación, pensé en cuántas veces, a través de la historia, había habido conversaciones similares en las que la iglesia aceptó y pidió excusas por entrometerse. Si el rabino se hubiera encolerizado o, simplemente, hubiera investigado la situación, yo podría haber demostrado a mis alumnos una forma concreta y correcta de rebelión. Pero no, el rabino se convirtió en una parte del Experimento; al ignorar la opresión, pasó a ser cómplice.

(7) EL GUARDAESPALDAS: Al terminar el tercer día estaba agotado, me estaba desmoronando, El equilibrio entre el papel que jugaba y el comportamiento real, llegó a ser difícil de distinguir. Muchos alumnos eran auténticos miembros de la Tercera Ola y exigían a los demás estricta obediencia a las reglas, desaprobando a aquellos que tomaban el Experimento a la ligera. Otros, simplemente, se sumergían en las actividades, auto-asignándose tareas. Me acuerdo en especial de Roberto, un muchacho grande para su edad y con pocas cualidades académicas. Se empeñaba más que otros para salir adelante; entregaba detallados informes semanales, copiados, palabra por palabra, de las enciclopedias de la biblioteca. Roberto era de aquellos muchachos que no causan problemas, no son brillantes, no pueden formar parte de equipos deportivos y no llaman la atención entre sus compañeros. Están perdidos, son invisibles. La única razón por la que llegué a conocer a Roberto fue porque siempre lo encontraba comiendo en la sala, siempre solo. La Tercera Ola le dio a Roberto un lugar en el colegio. Por lo menos, era igual a todo el mundo, hacer algo que tuviese un significado: eso era exactamente lo que hacía Roberto. El miércoles por la tarde lo encontré siguiéndome y le pregunté qué demonios hacia. Sonrió (no creo haberlo visto sonreír antes) y anunció: "Sr. Jones, soy un guardaespaldas. Tengo miedo que le suceda algo. ¿Puedo hacerlo, Sr. Jones, por favor?" No pude negarme ante esa sonrisa, y, así, tenía un guardaespaldas. Durante todo el día, él abría y cerraba las puertas por mí, caminaba siempre a mi derecha, sonreía y saludaba a los compañeros de curso, me seguía a todas partes. En la sala de profesores (vedada a los alumnos), se paraba silencioso y atento, mientras yo bebía mi café. Cuando un profesor de inglés le llamó la atención por estar ahí, sonrió y dijo: "Yo no soy un alumno, soy guardaespaldas".

(8) LAS COSAS FUERA DE CONTROL: EL JUEVES empecé a dirigir mi Experimento hacia su etapa final. Estaba cansado y preocupado. Muchos alumnos habían sobrepasado los límites, llegando a convertirse la Tercera Ola en el centro de sus vidas. Yo mismo estaba en una condición bastante precaria, actuando instintivamente como un dictador, pero, con benevolencia, me convencía a mí mismo de los beneficios de esta experiencia. Ya en este cuarto día estaba empezando a olvidar mis propios argumentos. Mientras más tiempo dedicaba a jugar mi papel, menos tiempo tenía para recordar el origen y las razones del Experimento. Me sorprendí a mí mismo desempeñando un papel aunque no fuese necesario y me pregunto si esto no le sucede a mucha gente: Nos auto-asignamos roles determinados y después hacemos todo lo posible por hacer creer que realmente somos lo que aparentamos. Luego, esa imagen es la única identidad nuestra que la gente acepta. En esa forma, llegamos a convertirnos en una imagen. El problema con la situación y el rol que me había creado fue no haber tenido tiempo para pensar hacia dónde me estaba llevando. Los acontecimientos se entrechocaban a mí alrededor y yo temía por mis alumnos, que hacían cosas que lamentarían más tarde. Temía también por mí mismo.

Una vez más me encontré pensando en concluir el Experimento o hacerlo caer por su propio peso, pero ambos caminos eran impracticables, pues si paraba el Experimento, un gran número de alumnos quedaría abandonado; Se habían comprometido profundamente con este nuevo comportamiento, se habían expuesto emocional y psicológicamente. Si yo los regresaba bruscamente a la realidad, tendría que vérmelas con un grupo muy confundido, por el resto del año. Habría sido muy doloroso y degradante, para Roberto y los alumnos como él, hacerlos volver a sus puestos y decirles que sólo habla sido un juego; los alumnos más brillantes también habrían quedado en ridículo. Yo no podía dejar que los Robertos perdieran otra vez. La otra opción, la de dejar caer el Experimento por su propio peso, también estaba fuera de las posibilidades. Las cosas estaban ya fuera de control.

(9) LA GOTA FINAL: EL MIÉRCOLES, AL ATARDECER, alguien había irrumpido en la sala, registrándolo todo. Más tarde supe que se trataba del padre de uno de mis alumnos, un coronel de la Fuerza Aérea que había estado un tiempo prisionero en un campo de concentración alemán. Al saber acerca de nuestras actividades, simplemente perdió el control de sus actos y, tarde en la noche, entró en la sala haciéndola pedazos. A la mañana siguiente lo encontré recargado contra la puerta. Me habló de sus amigos asesinados en Alemania, mientras me agarraba, temblando, y, con palabras entrecortadas, me rogó que lo entendiera y ayudara a regresar a su casa. Llamé a su esposa y, con la ayuda de un vecino, lo llevé a su casa. Durante horas hablamos sobre lo que él sentía y hacía. Desde ese momento, en la mañana del jueves, estaba más preocupado aún con lo que estaba ocurriendo en el colegio. Nuestra actividad estaba afectando a la facultad y a otros estudiantes. La Tercera Ola estaba interfiriendo la enseñanza, ya que algunos estudiantes faltaban a otras clases para participar con nosotros. La dirección interrogaba a los alumnos acerca de sus actividades. Se ponía en funcionamiento una verdadera Gestapo.

(10) PREPARANDO EL FINAL: Al enfrentarme al Experimento y ver cómo parecía estallar éste en todas direcciones, decidí usar una vieja estrategia de básquetbol: cuando un jugador lucha contra todos sus adversarios, lo mejor es intentar el elemento sorpresa. Y eso fue lo que hice.
Ya el jueves el curso había aumentado a ochenta personas. Lo único que les permitía a todos caber en la sala era la disciplina impuesta, que consistía en sentarse en silencio, en la posición de atención. Había una calma extraña en una pieza llena de gente sentada en silencio y observando con expectación. Eso me ayudaba a acercarme a ellos según lo planeado. En ese momento les dije solemnemente: "El orgullo es mucho más que saludos y banderas. Es algo que nadie puede quitarles. Es saber que tú, o tú, eres el mejor y no puedes ser destruido".
En el clímax de la reunión, cambié abruptamente el tono de voz, bajándola, para anunciar la verdadera razón de ser de la Tercera Ola y, de una manera lenta y metódica, les expliqué qué había detrás de la Tercera Ola, "La Tercera Ola no es sólo un experimento o una actividad escolar, es mucho más importante que eso. La Tercera Ola es un programa organizado a través de todo el país para buscar alumnos que quieran luchar por obtener cambios políticos. Es verdad. Esta actividad que hemos estado realizando ha sido una práctica para lo que luego va a ser una realidad. A través del país, profesores como yo, han estado instruyendo y entrenando una joven brigada, capaz de mostrar a toda la nación una mejor y nueva sociedad, mediante la Disciplina, la Comunidad, el Orgullo y la Acción. Si cambiamos la forma en que se maneja esta escuela, podremos cambiar la forma en que se manejan las fábricas, las tiendas, las universidades, y todo tipo de instituciones. Uds. son un grupo selecto de gente joven, elegidos para colaborar en esta causa. Si Uds. se levantan y muestran lo que han aprendido en estos últimos cuatro días, podremos cambiar el destino de esta nación. Podremos darle un nuevo sentido del orden de la comunidad, del orgullo y de la acción: una nueva tarea. Todo se apoya y descansa en Uds. y sus deseos por ocupar un lugar".
Para dar validez y seriedad a mis palabras, miré a las tres mujeres del curso, que yo sabía habían dudado de la Tercera Ola, y les ordené que abandonaran la sala. Expliqué por qué lo había hecho y luego designé a cuatro guardias que las escoltarían a la biblioteca e impedirían que entraran a la sala el viernes. Luego, con gran dramatismo, informé al grupo acerca de una concentración especial que se llevaría a cabo el día siguiente. Esta sería una concentración solamente para los miembros de la Tercera Ola.

Era un juego macabro. Yo seguía hablando, con miedo de que, si me detenía, alguien pudiera reírse o hacerme alguna pregunta, con lo que toda la gran escena se disolvería y sería el caos. Expliqué cómo el viernes, a mediodía, un candidato nacional a la presidencia anunciaría la formación de un programa juvenil de la Tercera Ola. Simultáneamente a este anuncio, más de mil grupos de jóvenes de todas partes del país harían demostraciones de apoyo a este movimiento y les revelé que ellos eran los seleccionados para representar esta área. También les encargué hacer una buena presentación porque la prensa habla sido invitada a grabar este acontecimiento.

Nadie se rió. No hubo ni un murmullo de resistencia, por el contrario, sus rostros se iluminaron ponla excitación y preguntaron: "¿Usaremos camisas blancas? ¿Podremos traer amigos? Señor Jones, ¿ese anuncio lo vio en la revista 'Timé'?" El detalle de la revista sucedió accidentalmente: era una página entera, a todo color, haciendo propaganda a unos productos madereros. El publicista identificó su producto como la "Tercera Ola". La propaganda rezaba, en grandes letras azules, rojas y blancas: "Viene la Tercera Ola". Los alumnos preguntaron: "¿Es esto parte de la campaña, señor Jones? ¿Es una clave, o algo así?" "Si, les dije, escuchen bien. Está todo listo para mañana. Deben acudir todos al auditorio pequeño, a las 11:50 horas, sentarse y estar listos para mostrar la Disciplina, Comunidad y Orgullo que han aprendido. No deben hablar a nadie acerca de esto. Esta concentración es solamente para miembros".

(11) DESCUBRIENDO LA VERDAD: EL VIERNES, último día del ejercicio, me pasé toda la mañana preparando el auditorio para la concentración. A las 11:30 los alumnos empezaron a entrar en fila india, llenando las hileras de asientos. El silencio inundaba la sala. Las banderas de la Tercera Ola colgaban como nubes desde el techo. A las doce en punto cerré la sala y puse guardias en las puertas. Varios amigos míos, actuando como reporteros y fotógrafos, empezaron a tomar fotos y a escribir rápidas notas. No había ni un solo asiento libre. El grupo estaba compuesto por distintos tipos de muchachos: los atletas, los socialmente prominentes, los dirigentes, los solitarios, los que siempre se iban temprano de clases, los ciclistas, los bromistas, los dadaístas... La colección completa parecía, sin embargo, una sola fuerza, al sentarse en una perfecta posición de atención. Todos se fijaban en el equipo de televisión, que yo había ubicado al frente de la sala. Nadie se movía, el silencio era profundo, pareciendo que todos eran testigos de un nacimiento. La tensión y la ansiedad eran increíbles.
"Antes de comenzar la Conferencia Nacional de Prensa, que empieza dentro de cinco minutos, quiero demostrar a la prensa el nivel de nuestro entrenamiento". Diciendo esto, hice el saludo y, enseguida, doscientos brazos, automáticamente, me saludaron. Después, dije: "PODER A TRAVÉS DE LA DISCIPLINA". Doscientas voces repitieron en coro: "PODER A TRAVÉS DE LA DISCIPLINA". Lo repetimos una y otra vez y la respuesta cada vez era más sonora. A este punto, los fotógrafos aunque seguían tomando fotos, eran ignorados. Reiteré la importancia de este evento y, una vez más, pedí disciplina. La sala retumbó con el grito gutural de "PODER A TRAVÉS DE LA DISCIPLINA".

Eran las 12:05, Apagué las luces y caminé rápidamente hacia el equipo de televisión. Parecía que el aire de la sala se estaba secando y era difícil respirar y, más difícil aún, hablar. Era como si, en su clímax, la muchedumbre enardecida hubiera echado todo fuera de la sala Encendí el televisor. Ahí estaba yo, parado, junto al aparato, mirando hacia la sala repleta. La pantalla produjo un haz luminoso azul pálido. Roberto estaba a mi lado. Le susurré que mirara atentamente y no se distrajera en los próximos minutos La única luz de la sala provenía del televisor, reflejándose en los rostros de los alumnos. Los ojos se esforzaban, mirando la luz, pero ésta no cambiaba. La concurrencia se mantuvo quieta esperando. Había una guerra mental entre la gente del auditorio y la televisión y fue esta última la que ganó. El fulgor del aparato no mostró ningún candidato presidencial, simplemente se apagó. Los que contemplaban, todavía persistían. ¡Tenía que haber un programa! ¡Tenía que venir! ¿Dónde estaba? El trance frente al televisor continuó durante lo que parecieron horas: eran las 12:07, Nada. Un televisor apagado. No iba a suceder. La ansiedad se transformó en frustración. Alguien se paró y gritó:"¿No hay ni un líder?. ¡Verdad!". Todos miraron sorprendidos al alumno y luego al televisor. En sus rostros habla una mirada de incredulidad. En la confusión del momento, me moví despacio al televisor, sintiendo la respiración de la gente. Esperaba un bombardeo de preguntas, pero sólo hubo un profundo silencio. Empecé a hablar, cada palabra parecía ser escuchada y absorbida."Escuchen claramente, tengo una cosa muy importante que decirles. No hay, ningún líder. No hay nada que se parezca a un movimiento llamado "Tercera Ola". Uds. han sido usados, manipulados, empujados por su propia voluntad hacia el lugar en que se encuentran en este momento. Ustedes no son mejores ni peores que los nazis alemanes que hemos estado estudiando".

"Ustedes pensaron que eran los elegidos, que eran mejores que los que están fuera de la sala. Ustedes vendieron su destino y su libertad por la comodidad de la disciplina y la superioridad. Ustedes eligieron aceptar el deseo del grupo y la gran mentira de su propia convicción y creyeron que sólo lo hacían, por diversión, en un comienzo, que podrían salirse en cualquier momento, pero, ¿hasta dónde habrían llegado? ¿Qué tan lejos podrían haber ido? Déjenme mostrarles su futuro". Con esto, encendí una proyectora de cine. Inmediatamente iluminó una tela blanca que colgaba encima del televisor. El rugido de la concentración de Nüremberg apareció en la pantalla. Mi corazón golpeaba fuertemente. En imágenes fantasmagóricas, la historia del Tercer Reich desfiló ante la sala. La Disciplina. La marcha de la Súper Raza. La gran mentira. Arrogancia, violencia, terror. Gente empujada dentro de grandes camiones. La visión de los campos de concentración, caras sin ojos. Los juicios. La plegaria de la ignorancia.

Yo sólo hacía mi trabajo, Mi trabajo. Abruptamente, como empecé la proyección de la película, terminé con una frase: "Todo el mundo debe aceptar la culpa. Nadie puede declarar que no tomó parte alguna". La sala permaneció oscura mientras el rollo cambiaba de carrete. Me sentí enfermo del estómago. La sala olía a camarín. Nadie se movía. Era como si cada une quisiera disecar ese momento, descubrir qué había pasado. Era como despertar de un sueño profundo. Toda la gente en la sala miró por última vez hacia su conciencia. Esperé durante varios minutos para que todos recapacitaran. Finalmente, algunas preguntas empezaron a surgir. Todas ellas indicaban una situación imaginaria y buscaban encontrar el significado de este evento. Todavía en la sala a oscuras, empecé la explicación. Confesé mi sensación de enfermedad y remordimiento. Expliqué a la asamblea que una aclaración completa tomaría tiempo. Me vi desplazándome desde un punto de introspección activa en el evento, hasta el papel de profesor: es más fácil ser profesor.

(12) LA EXPLICACIÓN FINAL: "A través del experimento de la semana pasada, todos sentimos qué era vivir y actuar en la Alemania nazi. Aprendimos qué se siente al crear una sociedad disciplinada, al construir una sociedad especial y rendir pleitesía a esa sociedad, instituir la razón a través de reglas. Sí, todos habríamos sido buenos alemanes. Nos habríamos puesto el uniforme, habríamos dado vuelta la cara ante nuestros amigos perseguidos y encarcelados. Nosotros mismos habríamos cerrado los goznes. Habríamos trabajado en los centros de "defensa", quemado ideas.

Sí, sabemos, a escala, qué se siente ser un héroe, tener decisiones rápidas, sentirse fuerte y controlando el destino. Conocemos el miedo de ser dejado fuera, el placer de hacer algo bien y ser recompensado, ser el número uno, estar en lo correcto. Hemos visto, y, a lo mejor, sentido, lo que estas acciones, al ser llevadas a un extremo, pueden causar. Cada uno de nosotros ha sido testigo de algo en la semana recién pasada. Hemos visto que el fascismo no es solamente cosas que esa gente hizo. No. Está aquí, en esta sala, en nuestros propios y personales hábitos y formas de vida. Remuevan la superficie y aparecerá. Es algo que está en todos. Lo llevamos como un virus. La creencia de que los seres humanos son básicamente malos y que, por esto, no pueden actuar bien hacia sus semejantes, es una creencia que requiere de un fuerte líder y de disciplina para preservar el orden social y, aún más, es el acto de la defensa, de la apología".

"Esta es la lección final que debemos experimentar. Esta última lección, es, a lo mejor, la de mayor importancia. Esta lección era la pregunta que inició nuestra inmersión en el estudio de la vida nazi. ¿Se acuerdan, de la pregunta? Concernía a la ignorancia del pueblo alemán, reclamando no saber y no estar involucrado en el movimiento nazi. Si me acuerdo bien de la pregunta, ésta iba así: ¿Cómo pudo el soldado alemán, el conductor de trenes, la enfermera, el recaudador de impuestos, el ciudadano común, clamar, al final del Tercer Reich, que no sabía nada de lo que pasaba? ¿Cómo pudo, la gente, ser parte de algo y luego declarar no estar realmente involucrada? ¿Qué hizo que la gente se olvidara de su propia historia? En los próximos minutos y, quizás, años, Uds. tendrán la oportunidad de responderse estas interrogantes". "Si vuestra actuación sobre la mentalidad fascista ha sido lograda, ni uno de Uds. va a admitir jamás que estuvo presente en esta reunión final de la Tercera Ola. Como los alemanes, tendrán problemas para admitirse a Uds. mismos que llegaron tan lejos. No permitirán a sus amigos ni a sus padres saber que hubieran podido entregar la libertad personal y el poder individual a los dictadores o a un líder invisible. No pueden admitir que fueron manipulados, que fueron seguidores, que aceptaron la Tercera Ola como una nueva forma de vida. Uds. no admitirán que participaron en esta locura. Harán de este día y de esta reunión un secreto y es un secreto que yo compartiré con Uds."

Saqué la película de la cámara y expuse el celuloide a la luz. El juicio había terminado. La Tercera Ola había terminado. Miré hacia atrás. Roberto estaba llorando. Los alumnos se levantaron lentamente y, sin palabras, abandonaron la sala. Caminé hacia Roberto y lo abracé. Estaba sollozando y respiraba ahogadamente. Le dije: "Ya terminó. Está bien". Al consolarnos mutuamente, fuimos una roca en el arroyo de los estudiantes. Algunos se voltearon, estrechándonos, a Roberto y a mí. Otros lloraban abiertamente y se limpiaban las lágrimas, para seguir llorando. Eran seres humanos circulando y abrazándose mutuamente, yendo hacia la puerta, hacia el mundo exterior. Durante una semana, en la mitad del año escolar, habíamos vivido y compartido intensamente un secreto. En los cuatro años que fui profesor en el Cubberly High School, nunca nadie admitió haber asistido a la reunión final de la Tercera Ola. Por supuesto que hablamos y analizamos profundamente nuestras acciones, pero la reunión, no: Era algo que todos queríamos olvidar.

Artículo de RON JONES aparecido en la revista Co-Evolution Quarterly, Primavera de 1976, tomo N° 9, 20 de marzo de 1976, P.O. Box 428, Sausalito CH.

LA OLA: PRIMERA VERSION
Corto para TV realizado en 1981.

Director: Alexander Grasshoff.
Actores: Marc Copage, Bruce Davison, Robert DeLapp, Johnny Doran.
Idioma: Inglés.
Paí­s: EE.UU..
Género: Drama / Short / Family.
Tiempo: 44 Minutos.

La historia comienza con una sencilla pregunta e interesante de uno de los alumnos de la clase de historia donde estaban dando la Alemania Nazi. La pregunta que no supo responder el profesor Ben Ross y que dio pie a los hechos acontecidos después fue “¿Cómo asesinaron a 10 millones de personas sin que lo notaran?”

Intrigado por la pregunta de su alumno el profesor empieza a investigar y a documentarse sobre el Tercer Reich y decide hacer un experimento sobre el totalitarismo con sus propios alumnos.

En la siguiente clase empieza a hablar a sus alumnos sobre el poder a través de la disciplina donde a traves de ejercicios y juegos se lo inculca. Cuando al tercer dia entra por la puerta para hablar de la campaña japonesa ve que todo el mundo se sienta y se comporta de una forma disciplinada, entonces deja de un lado la clase del dia y prosigue su experimento. Decide que es hora de enseñarles otros valores a los alumnos, La Comunidad. Crea un símbolo (una ola), un saludo y un lema de forma que identifique a todos los integrantes de la clase incluso nombra informadores para informar al profesor de las personas que no cumplen las reglas.

La alumna más carismática y estudiosa de clase, Laurie ve en el grupo un cambio demasiado brusco empezando así a replantearse los métodos utilizados por su profesor. Intenta disuadir al resto de alumnos mediante artículos en el periódico de la escuela, algo que a los miembros de La Ola no les hace gracia e intenta persuadirla de que lo siga haciendo. Mientras, La Ola se extiende por toda la escuela haciendo una campaña de captación mediante carteles y panfletos.

Cuando David y Lauri visitan la casa del profesor para que cese en su intento de proseguir el experimento, Ross ve que se le ha ido de la mano, sin embargo el acabará a su forma. Al dia siguiente el profesor Ross crea una reunión de miembros donde un destacado político saldrá por TV para relevarse como líder nacional del movimiento. Cuando llega la hora el pabellón se llena, todos empiezan a ponerse nerviosos al observar que nadie sale por la televisión hasta que de pronto la imagen de un discurso de Hitler se ve por la pantalla del proyector, entonces ahi empieza la gran lección y la moraleja del experimento: siempre se debe mantener una actitud crítica y cuestionar lo que uno hace de vez de seguir ciegamente a un líder y nunca renunciar a la capacidad de pensar, como un derecho inalienable.

OBEDIENCIA DEBIDA = ¿SE PUEDE RESISTIR AL MANDATO Y LA OBEDIENCIA COLECTIVA?

Aún hoy, el fenómeno de la obediencia extrema a la autoridad en épocas como la del Tercer Reich no se ha terminado de comprender desde un punto de vista científico. Existe una serie de experimentos en el campo de la psicología social, sin embargo, que han examinado el comportamiento de individuos en una situación colectiva y que ha arrojado resultados preocupantes. Uno de los experimentos más famosos se llevó a cabo en 1971, en la prisión de Stanford, que estudió el comportamiento humano en situaciones de encierro. El Experimento Milgram realizado en 1962 por el psicólogo Stanley Milgram estudió la voluntad de gente normal de seguir las instrucciones de figures autoritarias aun en contra de su propia conciencia y principios. Philip Zimbardo, el responsable del experimento de la prisión de Stanford, ha encontrado elementos idénticos entre sus hallazgos y las torturas que recibieron los presos iraquíes en Abu Ghraib.

"Los aspectos legales y filosóficos de la obediencia son de enorme importancia, pero dicen muy poco sobre cómo la mayoría de la gente se comporta en situaciones concretas. Monté un simple experimento en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. La férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos (participantes) de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos (participantes), la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio". Stanley Milgram. The Perils of Obedience (Los peligros de la obediencia. 1974)

ESCUELA Y OBEDIENCIA DEBIDA

¿El éxito del experimento depende de la popularidad y aceptación del profesor? “Desde luego ayuda tener una personalidad carismática. Alguien que realmente sea un líder, con capacidades reales de liderazgo, que pueda persuadir a la gente, a quien los alumnos admiren. Creo que el sistema fascista es tan pernicioso psicológicamente que fácilmente puede reaparecer en cualquier otro sitio y momento. Le das a gente que antes no tenía voz una parcela de responsabilidad. Formas una comunidad. Eliminas las diferencias individuales, dándole a todos la oportunidad de distinguirse. Creo que eso es algo que puede funcionar en cualquier lugar. Especialmente en algo como el sistema escolar, y eso lo sabe cualquiera que haya ido al instituto: están los chicos populares, los líderes sociales, los que están arriba y luego un montón de gente que son más o menos tímidos y en quienes no te fijas. Estoy seguro de que si de repente le das la vuelta a un sistema como ese, ocurriría de nuevo.

Nuestra sociedad se define por el individualismo. ¿Es la necesidad de sobresalir de la multitud lo que hace que un experimento como La Ola sea posible? Cuando era joven, siempre deseaba tener algo con lo que identificarme. Envidiaba a mis padres por haber tenido el movimiento estudiantil de los 60, en el que todos tenían unas metas comunes, intentando cambiar el mundo y todo eso. Crecí en las décadas de los 80 y los 90, cuando ya había miles de movimientos políticos pero sin dirección real. Nada que te excitara realmente. Eso es algo que echaba de menos de veras. Creo que los chicos de hoy se sienten de la misma manera. No podemos definirnos solamente a través de la ropa y la música, creo. Pienso que la gente tiene una necesidad mayor de sustancia, una necesidad que crece más fuerte. La tendencia hacia el individualismo y la atomización completa de la sociedad en grupos muy reducidos no puede seguir indefinidamente. En algún momento se producirá un gran vacío. Ahí es donde reside el peligro de que otro régimen totalitario intente llenar ese vacío.” Dennis Gansel, Director de LA OLA

EXPERIMENTOS SIMILARES: Experimento de Stanford

Los participantes fueron reclutados por medio de anuncios y una oferta de una paga de 15 dólares por participar en la “simulación de una prisión”. De los que respondieron, seleccionaron a los 24 más saludables y estables psicológicamente. Los participantes eran estudiantes universitarios y predominaba la raza blanca.
El grupo de 24 jóvenes fue dividido aleatoriamente en dos mitades: los “prisioneros” y los “guardias”. Este papel se les asignó mediante el lanzamiento de una moneda y no había diferencias objetivas de estatura o complexión entre los dos grupos. Zimbardo (psicólogo encargado del experimento) estableció varias condiciones específicas que esperaba que provocaran la desorientación y la despersonalización de los individuos.

Los guardias recibieron porras y uniformes de inspiración militar, que ellos mismos habían escogido. También se les proporcionaron gafas para impedir el contacto visual.

Los prisioneros debían vestir sólo batas de (sin ropa interior) y sandalias con tacones de goma, escogidos para contribuir a su incomodidad y provocar la desorientación. Se les designaría por números en lugar de por sus nombres. Estos números estaban cosidos a sus uniformes. Además debían llevar medias de nylon en la cabeza para simular que tenían las cabezas rapadas, a semejanza de los reclutas en entrenamiento para que recordaran continuamente su encarcelación.

El experimento se descontroló rápidamente. Los prisioneros sufrieron—y aceptaron— un tratamiento humillante a manos de los guardias, y muchos mostraban graves trastornos emocionales. El segundo día se desató un motín. Los guardias se prestaron como voluntarios para hacer horas extras y disolver la revuelta, atacando a los prisioneros con extintores sin la supervisión directa del equipo investigador. Se abandonaron rápidamente la higiene y la hospitalidad y se obligó a algunos prisioneros a limpiar retretes con sus manos desnudas y a la práctica de actos homosexuales para incrementar su humillación. Se decidió terminar el experimento prematuramente cuando Christina Maslach (una estudiante) objetó que la "prisión" mostraba unas pésimas condiciones tras ser introducida para realizar entrevistas. Tras apenas seis días, ocho antes de lo previsto, el experimento fue cancelado.
Entre las novelas y películas inspiradas en la historia real de este experimento podemos destacar Black Box del autor alemán Mario Giordano o un documental realizado por la BBC titulado The Experiment

Experimento de Milgram

El experimento de Milgram fue una serie de experimentos de psicología social llevados a cabo por Stanley Milgram, psicólogo en la Universidad de Yale. El fin de la prueba era medir la buena voluntad de un participante a obedecer las órdenes de una autoridad aun cuando éstas puedan entrar en conflicto con su conciencia personal. A través de anuncios en un periódico de New Haven se reclamaban voluntarios para participar en un ensayo relativo al "estudio de la memoria y el aprendizaje" en Yale, por lo que se les pagaba cuatro dólares más dietas. A los voluntarios que se presentaron se les ocultó la realidad de la investigación. Los participantes eran personas de entre 20 y 50 años de edad y con todo tipo de educación. El experimento requiere tres personas: El experimentador (el investigador de la universidad), el "maestro" (el voluntario que leyó el anuncio en el periódico) y el "alumno" (un cómplice del experimentador que se hace pasar por participante en el experimento). El experimentador le explica al participante que tiene que hacer de maestro, y tiene que castigar con descargas eléctricas al alumno cada vez que falle una pregunta.

Separado por un módulo de vidrio del "maestro", el "alumno" se sienta en una especie de silla eléctrica y se le ata para "impedir un movimiento excesivo". Se le colocan unos electrodos en su cuerpo con crema "para evitar quemaduras" y se señala que las descargas pueden llegar a ser extremadamente dolorosas pero que no provocarán daños irreversibles. Todo esto lo observa el participante. Se comienza dando tanto al "maestro" como al "alumno" una descarga real de 45 voltios con el fin de que el "maestro" compruebe el dolor del castigo y la sensación desagradable que recibirá su "alumno". Seguidamente el investigador, sentado en el mismo módulo en el que se encuentra el "maestro", proporciona al "maestro" una lista con pares de palabras que ha de enseñar al "alumno". El "maestro" comienza leyendo la lista a éste y tras finalizar le leerá únicamente la primera mitad de los pares de palabras dando al "alumno" cuatro posibles respuestas para cada una de ellas. Éste indicará cuál de estas palabras corresponde con su par leída presionando un botón (del 1 al 4 en función de cuál cree que es la correcta). Si la respuesta es errónea, el "alumno" recibirá del "maestro" una primera descarga de 15 voltios que irá aumentando en intensidad hasta los 30 niveles de descarga existentes, es decir, 450 voltios. Si es correcta, se pasará a la palabra siguiente. En realidad, estas descargas no existen ya que todo es una simulación del alumno con el fin de comprobar a donde llega el ser humano. Por lo general, cuando los "maestros" alcanzaban los 75 voltios, se ponían nerviosos ante las quejas de dolor de sus "alumnos" y deseaban parar el experimento, pero la férrea autoridad del investigador les hacía continuar. Al llegar a los 135 voltios, muchos de los "maestros" se detenían y se preguntaban el propósito del experimento. Cierto número continuaba asegurando que ellos no se hacían responsables de las posibles consecuencias. Algunos participantes incluso comenzaban a reír nerviosos al oír los gritos de dolor provenientes de su "alumno".

El objetivo de este experimento, es observar como es el comportamiento humano ante una autoridad a pesar de estar haciendo daño (aunque esto fuera simulado, el profesor pensaba que era real) a otro ser humano. El experimento está muy bien reproducido en la película de Henri Verneuil titulada "I... como Icaro".