011. SIMETRIAS

CERVANTES, VIEJAS HISTORIAS, EL AMOR, LA NECESIDAD Y LA COINTINGENCIA.

Se conocieron, trabajaron simétricamente la conquista, se enamoraron, se amaban. Poblaban de proyectos sus encuentros. Furtivos, tramposos. Ambos lo sabían. Ana María sabía a quien traicionaba y Jordan era consciente de sus engaños. Se encontraban puntualmente. Dos veces por semana. Jordan apuraba sus trámites en el trabajo. Ana María se apresuraba para cerrar sus clases en la facultad. El mencionaba en casa reuniones de trabajo o encuentros de negocios. Ella, reuniones de departamento o compromisos académicos con alumnos o colegas. Jordan estacionaba el auto en el lugar acostumbrado y se quedaba escuchando algo de música, relajado. Ana llegaba al rato, con pasos misteriosos. Nunca fallaban, nunca equivocaban los lugares ni los horarios. No necesitaban utilizar sus celulares. Se encerraban en el auto y a partir de allí ponían en movimiento otro universo.

Jordán sabía que engañaba a Mariana. Ana María sabía que la esperaba Horacio. No había culpa, pero ambos eran conscientes. Cuando las defensas racionales de Ana María bajaban y se entregaba sin límites, y cuando Jordán se enloquecí, ella ponía la necesaria cuota de razón. “Cuando más controlado, mas descontrolados”, decían. “La mayor prudencia para el goce mas atrevido”, repetían. Las simetrías se multiplicaban – como en espejo – hasta el infinito. Incluso los regresos, puntuales (y en horarios prudentes) les regalaban un recibimiento cálido en los dos remotos hogares.

Curioso sin embargo. No todo puede ser perfecto. O tal vez si. Mariana y Horacio se habían acostumbrado a las puntuales ausencias, a las programadas esperas y por azar u oportunidad se conocieron: hicieron un esfuerzo mínimo para aprovechar juntos esos huecos que el horario familiar les regalaba. Mientras Ana María se encontraba con Jordán y buscaban juntos algún lugar tranquilo, ellos cómodamente aprovechaban la casa de uno o de otro, refugios seguros hasta que regresaran. Ni Horacio ni Mariana daban detalles de sus parejas: nunca imaginaron que devolvían las traiciones, que repetían los rituales, que la simetría se multiplicaba en los espejos de las relaciones. Nunca supieron los unos de los otros. Nunca sospecharon.

Regresaban y se encontraban sin conflictos, sin rencores, sin reclamos. Pulcros, contentos, satisfechos, plenos. Y a veces – cada uno en su lugar – para calmar cierta remota culpa o subjetiva sospecha se amaban sin pasión pero con total entrega para demostrar lo indemostrable.

Cierta vez, alguien no llegó a la cita. O el regreso fue mas temprano del acostumbrado o algo alteró los planes. El mundo y la historia están atravesados por la contingencia, no por la necesidad. Y hasta las simetrías más perfecta suelen romperse.

En algún lugar ríe Cervantes y las historias del Quijote en los capítulos 33,34 y 35 de la primera parte.