012. EDUCACION Y EDUCADOR

EDUCAR ES SEMBRAR

Es el mismo el trabajo y la semilla,
es el mismo el esfuerzo del paciente sembrador
que se suma a la suma de los días
y que agrega paciencia a la prolongada espera
de tantas horas, de tantas jornadas compartidas.
Es el mismo y sin embargo, en el ocaso,
en el momento de juzgar y cosechar,
de sentarse y medir,
saber si algo queda o ha sido vano el esfuerzo todo.
A esa hora descubrimos que siempre hay algo que no es lo es lo mismo.
Algo que exhibe los mismos elementos en todos
pero de forma disímil distribuidos.
Ha sido la misma la palabra, los mismos gestos,
las miradas, la insistencia, el juego del amor, la cercanía.
Y sin embargo, en cada surco la cosecha nos entrega
medidas diferentes, variados pesos y medidas.
Historias personales, caracteres,
formas de ser y decisiones
van conformando el terrero.

Fecundo y trabajado, ávido de semillas, receptivo,
parece lanzarse a recibir y a apresar cada detalle,
cada gesto del sembrador.
Coraza de piedra lo recubre;
y nada penetra y nada brota.
Ni cambia, ni acepta que los cambien.
Va y viene por días y por meses,
resistente, impermeable, opaco.
Adentro, sin embargo, muy adentro siempre
hay una llama pequeña un fértil reducto
que en lo secreto asoma,
aunque se tome el tiempo para romper toda la piedra.
Hay otros que se debaten cada día o toda la vida,
cuando la fertilidad del suelo permitido,
por desidia e indolencia, le crecieron molestas alimañas.
Cae la semilla generosa
y se sumerge en un mundo que cosas que la ahogan.
Nada crece y simplemente limpiamos el terreno de malezas
y se produce el cambio, estalla el milagro.
El camino está abierto. Ya partimos.

Ya sale el sembrador con la simiente y las manos generosas.
Alumbra el sol, amenaza la lluvia.
Nosotros necesitamos hacer lugar, comenzar la jornada.
Sin darnos cuenta, casi, ha caído ya la primera semilla, la primera lección.
¿En qué sitio de nosotros ha ido esperara el fruto que en el interior se anida?
Es el mismo el trabajo y la semilla,
es el mismo el esfuerzo del paciente sembrador
que se suma a la suma de los días
y que agrega ciencia a la paciente espera,
de tantas horas, de tantas jornadas compartidas.
Es el mismo y sin embargo, en el ocaso,
en el momento de juzgar y cosechar,
de sentarse y medir,
saber si algo queda o ha sido vano el esfuerzo todo.
A esa hora descubrimos que siempre hay algo que no es lo es lo mismo.
Algo que exhibe
los mismos elementos en todos pero de forma disímil distribuida.
Historia personal, forma de ser y tantas cosas
van conformando el terrero.
Fecundo y trabajado, ávido de semillas, receptivo,
parece lanzarse a recibir y a apresar cada detalle,
cada gesto del sembrador.
Coraza de piedra lo recubre;
nada penetra y nada brota.
Ni cambia, ni acepta que los cambien.
Va y viene por días y por meses,
resistente, impermeable, opaco.
Adentro, sin embargo, muy adentro siempre
hay una llama pequeña un fértil reducto
que en lo secreto asoma,
aunque se tome el tiempo para romper toda la piedra.
Hay otros que se debaten cada día o toda la vida,
cuando la fertilidad del suelo permitido,
por desidia e indolencia, le crecieron molestas alimañas.
Cae la semilla generosa
y se sumerge en un mundo que cosas que la ahogan.
Nada crece y simplemente limpiamos el terreno de malezas
y se produce el cambio, estalla el milagro.
El camino está abierto. Ya partimos.
Ya sale el sembrador con la simiente y las manos generosas.
Alumbra el sol, amenaza la lluvia.
Nosotros necesitamos hacer lugar, comenzar la jornada.
Sin darnos cuenta, casi, ha caído ya la primera semilla, la primera lección.
¿En qué sitio de nosotros ha ido esperar el fruto que en el interior se anida?