006. "VILLA" = UN LIBRO PARA DISFRUTAR Y TRABAJAR

LUIS GUZMAN = VILLA
GUZMAN LUIS (2006), VILLA. Ed. EDHASA. Buenos Aires Una reveladora novela sobre los años oscuros que padecimos.

01.

VILLA, la novela de Luis Guzmán (Edhasa. Buenos Aires. 2006) es un producto cuidado, delicioso. Hay una curiosa recreación de una época compleja y esquiva de la historia argentina a través de la figura de este médico, mediocre, segundón, acomplejado y perdedor que merodea los despachos oficiales tratando de encontrar un lugar para existir, un trabajo del que vivir y un sentido a su vida. Es un MOSCA, existencialmente un MOSCA porque sólo tiene sentido y existencia en la medida en que merodee en torno a personas con alguna cuota de poder. Lo es desde las primeras páginas y, aunque no se atreva a confesárselo a su mujer al subir al micro que lo traslado a su desdibujado destino, lo será hasta el final. “ Soy una mosca: siempre estoy dando vueltas. A veces me espantan, pero finalmente me toleran.(21) “Un mosca es el que revolotea alrededor de un grande. Si es ídolo, mejor” (26), alguien que da vueltas alrededor de los hombres fuertes que crecen al calor de los ministerios y que manejan el interior de los mismos. Y es mosca en un período oscuro en donde se mezclan los funcionarios políticos con los de carrera, los honestos con los delincuentes, los servidores de la patria con los que está decididos a destruirla, los pusilánimes con los violentos, los temerosos con omnipotentes que dominan el mundo. La Argentina del regreso de Perón, del Perón enfermo y muerto, del reinado de López Rega, la Argentina – también – de los militares del 76. A pesar de los cambios (1970 – 1977) la Argentina parece la misma, el ministerio parece el mismo, y los personajes fuertes, los que verdaderamente entretejen la trama del poder – desde su interior – se mantienen, se metamorfosean y se sostienen resistiendo todos los cambios (y evitando todos los cambios). VILLA es una buena novela. La historia va surgiendo entre un relato que va situando la figura de VILLA, VILLITA, el Dr. VILLA y el propio relato del protagonista que va dando cuenta de sus amores (la perdida Elena, la ambigua y funcional relación de la enfermera Estela), de sus temores, de sus incertidumbres, de sus riesgos, de su interés por sobrevivir, perdurar en el entorno y en el trabajo en el que ha vivido. Pero en VILLA se respira esa sensación de desplazamiento, de exclusión: porque VILLA no existe. No existe socialmente, no existe como médico, no tiene decisiones propias, sólo sirve en la medida en que los otros le determinan el lugar que ocupa, las actividades que realiza, las misiones que debe cumplir. Son los otros, los que tienen poder, los que le organizan la vida y las horas.

En determinados momentos parece ser él, recuperar cierta autonomía que podría redimirlo (cuando se suma al maratonista en Avellaneda, cuando disfruta de sus dos lugares privados: el armario en el Club Arsenal y su encuentro con Elena en el cementerio, cuando se queda con el alfiler-caballo, cuando archiva toda la información necesaria sobre los alarmantes hechos que suceden en la Argentina violencia de los 70, cuando descubre en la subversiva moribunda y muerta a su Elena, cuando recupera la medalla)…pero finalmente hará algo que su innata torpeza no podrá evitar por desarmar las decisiones: descubrirán su robo al muerto, despreciarán su informe o le pedirán copia del mismo… Eso es lo que hace que VILLA se vuelva un personaje demasiado humano a quien se lo compadece. Pretende – como muchos – ser un técnico, un funcionario de carrera, a quien nada ni nadie puede salpicar… pero termina convencido de que se ha complicado con todos los gobiernos. Los capítulos que lo asocian “profesionalmente” con los grupos de tarea son verdaderamente antológicos. En la desesperación por encontrar el lugar y asegurar la continuidad en el puesto termina negociando con todo el mundo y renunciando a su neutralidad profesional. Todos saben que VILLA no es responsable de casi nada, pero VILLA es de los que quedan, de los que no pueden negociar en niveles importantes… y terminan siendo de los que pagan las culpas ajenas. VILLA es el mosca, el funcionario que resulta funcional a cada administración y en ese juego de adaptaciones unos y otros se necesitan: pero VILLA queda, mientras los demás parten a buscar horizontes mas promisorios. Y siempre ganan. Siempre.

02.

REFERENCIAS E IDEAS PARA RESCATAR DEL TEXTO

35: quedarse

35: Villa a las órdenes de Villalba (juego de palabras y dependencia)

41: cuervo

44: la polio como peste y las estrategias para escapar.

84: desaparecidos: ministerio de Bienestar Social.

83: olvidar a alguien

86: mosca

90: amenaza de muerte.

91: clima de amenazas e inseguridad en tiempos de López Rega.

94: inseguridad de los cargos políticos.

96: fidelidad de los moscas

138: muertos y desaparecidos

132: sensación de inseguridad y orfandad

140: central de seguridad/ otro rol del ministerio de López Rega

144: desconfiar de todos. “estar de un lado o de otro lado”.

150: enfrentamiento (1974 – 1975)

154: muertes ilegales.

155: comprar el silencio

155: noche y día

157 – 159: tortura y efectos.

161: Villa comprometido, final de la inocencia.

162: loperreguismo y enfrentramientos. Hermano Daniel.

163: personajes típicos de la época: Cumming – Mujica

166: torturas y muertes como venganza y satisfacción personal.

165: caida de Isabelita.

168: abrirse porque todo cae (caída del gobierno)

170: escribir y archivar para protegerse.

172: operativo en pinza para atrapar terroristas. Militares.

173: todos sospechosos

174 – 175: lugares de secuestro y tortura. “limpieza” del lugar

176: procedimientos para secuestrar y torturar… ¿pastilla para suicidarse?

178: terroristas: sin diferencia hombre o mujer.

179: perder los ideales.

180: matar para salvarla de la tortura

184: desaparecida: cubrir su identidad y disfrazar a la muerta y la muerte para que no se sepa.

195: mundo inseguro (una constante)

193 – 195: golpe militar

196: poder que pasa de mano.

201: montoneros

207: funcionamiento perfecto como forma de exterminio.

202: militarizar el ministerio.

210: militares de paso por las funciones públicas.

211: costumbre del ex ministro López Rega

217: conexión entre los represores del final del gobierno de Isabelita y los militares.

216: el médico como un Dios.

226: vuelos a San Nicolás (luchas obreras)

235: miedo como metodología pero también como algo que escapa a toda metodología.

ESPECIALMENTE LOS CAPÌTULOS 171 Y 189

03

TEXTO=

"Los dos se quedaron en silencio. Volví a revisarlo y encontré que había quemaduras en el bajo vientre. Lo habían picaneado. Había un olor insoportable, una mezcla de carne quemada y excrementos. El mismo olor que sentí la primera vez que fui al sur con Firpo y trajimos a los quemados de un barco petrolero que se había incendiado. El olor a bordo también era insoportable, fui dos veces a vomitar. La segunda, Firpo me dijo: "Ya se va a acostumbrar, Villa". Mientras, yo me acercaba a esos despojos envueltos en vendas que parecían momias vivientes hasta que uno susurró: "Tiráme del avión, pibe, tiráme, no aguanto más este dolor. Matáme, pibe, no me dejes sufir así".
Pensé que si este hombre pudiese hablar diría lo mismo, sólo que yo ya no era un pibe. Y me dije, menos mal que no puede hablar, menos mal que tiene los ojos cerrados, si no, vería todo el sufrimiento en esos ojos. En su estado, en unas horas se moriría.
-Hay que llevarlo a un hospital, si no, se muere -le dije a Cummins.
-¿No hay manera de reanimarlo? Tenemos que hacer que hable, tiene datos importantes, están preparando un atentado contra el Ministro. Y éste es parte de una pista.
-Este hombre no va a hablar por un tiempo.
-¿Pero no hay una inyección? ¡Tiene que haber alguna manera de hacerlo reaccionar! ¡Si aguantó tanto tiene que poder aguantar un poco más!-dijo Clummins con rabia, molesto por que el hombre pudiera haber decidido morirse.
-Te dije que era demasiada parrilla-le reprochó Mujica-. Entró en shock, nadie resiste tanto. Mientras estaba consciente vaya a saber qué cosa lo hacía callar: los ideales, no convertirse en un delator; no saber nada en serio, o colgarse de alguna puta idea que no tiene nada que ver con todo esto. Fe dije, el tipo no está acá, está colgado de algo. El cuerpo está, pero la cabeza se voló, se desprendió el alma del cuerpo. Vaya a saber dónde... pero es la única manera. Lo experimenté en mí mismo: hasta donde pude aguantar el dolor. Lo hice, y la única manera era no estar allí. Pensaba en la primera mujer que me cojí, en el color de un perro que tuve cuando era chico y se perdió una Navidad. Me picanié hasta que me desmayé.
-¿Ves que no miento?-siguió diciendo Mujica y se levantó la camisa y le mostró las marcas de quemadura en el cuerpo a Cummins.
-Con cigarrillos, con la plancha, hasta que me desmayaba, era la única manera de saber hasta dónde podía aguantar. Así, gradualmente, hasta la picana- Mujica no paraba de hablar:
-Cummins, no sé para qué lo llamaste a este inútil, no sirve para nada. Este hombre ya es un muerto. No hace falta un médico, hace falta un hoyo donde dejarlo. Y estoy cansado de tu estilo empalagoso con este Villa. Que sepa de una vez de qué se trata. Que él también está hasta las manos. Estoy harto de su inocencia y de que esté distraído como si fuese un convidado de piedra. Sépalo, Villa, usted también es parte del festín.
-Te desbordaste, Mujica-le dijo Cummins por toda respuesta.
-Sí, posiblemente, pero basta de comedia. Éste es mi trabajo, necesito esa información y hago lo posible por obtenerla. Si se muere, hice mal mi trabajo, eso es todo. Después lo que le pase a este cerdo, si se muere, si sufre, ni me importa ni me hace perder el sueño. Lo único que necesitaba saber era si podía vivir un poco más y me daba cuenta de que no por lo que había resistido, para eso no lo necesitaba a este doctor. Ahora, decíle que se vaya porque nosotros tenemos que seguir trabajando. Quiero decir que no lo podemos dejar acá ni tampoco en ningún lugar donde quede vivo.
-¿Es su última palabra como médico, Villa?
-Sí, señor-le contesté a Cummins.
-Entonces váyase y déjenos solos.
Las piernas me temblaban. Como aquella vez en el Sur, una vez que salí vomité todo. No podía quitarme de la nariz el olor a quemado. "Me tomó la pituitaria", me dije. Trataba de respirar a grandes bocanadas. Prendí un cigarrillo y me llené las narices de humo. Fui hasta el coche y comencé a manejar desde el Norte hacia el Sur.
Cuando llegué a mi casa, Estela fingía dormir. Necesitaba darme un baño. Me metí bajo la ducha y me quedé un rato largo. Cada tanto salía para aspirar la loción de afeitar. No quería salir del baño, quería quedarme envuelto en ese olor agradable, embarcarme en el vapor borroso que se dibujaba en el frasco de Old Spice. "Tomarte el buque querías", me hubiera dicho el Polaco y habría tenido razón.
En algún momento tuve que salir del baño y acostarme al lado de mi mujer mientras pensaba en el cuerpo del hombre tirado en la cama con el bajo vientre todo quemado. Y no sentí ningún remordimiento, no podía hacer nada por él, ni siquiera aliviarle el dolor. Solamente me preguntaba dos cosas. La primera era cuándo me volverían a llamar, aunque después de las palabras de Mujica quizá nunca más volverían a hacerlo. La otra era si, más allá de esta noche, cada vez que cerrara los ojos me iba a poder sacar esas imágenes de la cabeza."

PABLO RAMOS - en su libro EL CAMINO DE LA LUNA - publica un CUENTO "LA MUERTE DEL RUSO LEON" que trabajo con dolor esta misma historia, este mismo momento, este juego de vferdades o medias verdades=

MUNDIAL ’78: LA FIESTA Y EL HORROR. LA MUERTE DEL RUSO LEÓN

Fue para el Mundial ’78, durante el festejo, cuando le dio el infarto a un amigo de papá al que le decían León. Creo que el apodo venía de la propaganda de Durax, porque éste, que era judío y se llamaba Leonardo, era también un León vendiendo alguna cosa. Durante el mundial mi padre vivió los partidos nervioso, con una extraña tristeza que yo no llegaba a entender. Yo estaba en séptimo grado y en la escuela nos habían dicho que los argentinos éramos personas morales y que había sido una ofensa eso de que una comisión de extranjeros hubiera venido a juzgarnos. Luego repartieron calcomanías con un corazón “albiceleste” que decía en letras negras “Los argentinos somos derechos y humanos”. Y la directora nos despidió a unas vacaciones adelantadas diciendo que había que tratar bien al “turista del mundial”, ya que todos éramos representantes, “embajadores” de la patria en aquellos días.

Yo nunca llegué a ver a ningún turista, y supuse que a nadie le interesaría visitar mi barrio El Viaducto. Y por lo tanto me mantuve al margen de eso de tener que tratar bien a los desconocidos.

En el sindicato de papá había problemas. Papá decía que “faltaban” muchos compañeros. Yo no entendía bien esa palabra, en realidad la entendía al revés y pensaba que, en vez de ir a trabajar, los amigos de papá se quedaban mirando el mundial en la casa, y me parecía bien.

Y el mes pasó así, a puro fútbol sin escuela, con el milagro ante Perú (mi padre me contaría otra historia tiempo después), los que “faltaban” sin aparecer ni dar señales de vida, y la alegría de los que no veían más que fútbol, porque éramos niños, o porque eran ciegos. Así: en el cielo para unos y el infierno para otros, así: divididos por el odio y unidos por un amor ficticio, con esa Respiración artificial que se hacía cada vez más tóxica. Hasta la llegada a la final de la mano de mi ídolo y la figurita más difícil después de Carrascosa: El Ratón Ardiles, recontra infiltrado, con un dedo del pie roto.

Nuestro televisor era blanco y negro, pero el del ruso León era un Telefunken PAL Color, una tremenda máquina alemana de felicidad total. Y nos fuimos a ver la final.

Papá y León eran amigos pero no hablaban nunca de política. Era algo que ellos habían arreglado para poder seguir siendo amigos. Para papá, León era gorila, o por lo menos tenía esa actitud apoyando a los milicos.

Resumo el partido que todos sabemos: gol de Kempes a los 38’ y dominio permanente de Holanda. Argentina sólo mete. Empata Holanda a los 82’, y una desinteligencia de Olguín con Fillol termina en el palo. Aún se dice que ese 25 de junio fue el día con más infartos en el país (no sé si contarán en la estadística los producidos en los campos de concentración). Alargue. Kempes y Bertoni liquidan el partido. Fiesta. Y en medio de la fiesta, en la avenida Mitre, esto:

–Decime, Angelito, decime ahora que estamos todos desunidos -–le grita León a papá.

–La fiesta vale, pero me faltan –otra vez esa palabra– muchos compañeros en el sindicato.

Todos gritamos, yo en hombros de papá, mi hermano en hombros de otro que no me acuerdo. Entonces alguien llega, abriéndose paso entre la multitud, y le habla, desesperado, a León al oído. León se toma del hombro de papá, apenas logra darse vuelta antes de agarrarse el pecho y caer.

Desde ese día, faltan en el barrio él, su hija mayor y su yerno. El único enterrado en el cementerio judío de Avellaneda es, por supuesto, el ruso León.